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Tocantins

(Una historia de amor y fantasía)

“Rua,

espada nua,

boia no céu imensa e amarela,

tão redonda a lua,

como flutua.

Vem navegando o azul do firmamento,

e no silêncio lento,

um trovador, cheio de estrelas,

escuta agora a canção que eu fiz.

Pra te esquecer, Luiza,

eu sou apenas um pobre amador

apaixonado,

um aprendiz do teu amor.

Acorda amor,

que eu sei que embaixo desta neve mora um coração.”

Antonio Carlos Jobim

El Tocantins no es un río. El Tocantins es un demonio. Para el que diga que es un río, es porque nunca ha estado allí. Esta historia empieza muy cerca de Palmas, en pleno corazón del Tocantins. Pero quién iba a pensar, que, por aquel entonces, el simple hecho de poder llegar a Palmas, iba a ser la mayor de las bendiciones. Pues bien, no hay nada más cierto que eso. Pero vayamos a ver qué es lo que sucedió.

El protagonista de esta historia fue un joven, que según dice el relato, que llegó a mis oídos hace algunos años, se llamaba Joao. Pero no estoy muy seguro. No obstante, lo llamaremos así. Sucedió a fines de los años noventa, casi entrando al nuevo siglo. Luego de analizar algunas situaciones, podemos inferir que podría haber sido en cualquier época, porque ese lugar, donde acontecieron los hechos, no ha cambiado prácticamente en décadas.

En fin, vayamos a lo cierto. Aquel verano, llegó Joao a Palmas, la ciudad capital del estado de Tocantins, que recibe el nombre del gran río, que atraviesa todo el corazón de Brasil, para verter sus aguas en el Océano Atlántico. Contrariamente a lo que se piensa, el Tocantins, tiene espíritu propio. ¿Qué significa esto? Que no es un afluente del Amazonas, como muchos piensan, debido a que sus desembocaduras, están muy próximas.

Palmas se encuentra aproximadamente en el curso medio del Tocantins, donde las distancias son enormes.

Joao, un joven de unos 25 años, moreno, con toda la fortaleza que uno se pueda imaginar, llegó a Palmas luego de un viaje en ómnibus de más de dos días, desde su natal Serrinha, muy cerca de Salvador de Bahía. Llegó por referencia de un conocido, quien le había manifestado que buscaban peones para un importante trabajo de plantaciones, cerca de Palmas, e inclusive en Ilha do Bananal, sobre una de las márgenes del Araguaia, otro de los grandes ríos de la selva Brasileña.

El joven llegó aquel día, prácticamente con lo puesto. Un pequeño bolso, y no más de cien reales en el bolsillo, que le alcanzarían para unos pocos días, siendo bastante optimistas. Después de bajar del ómnibus, se dirigió hacia la oficina municipal, donde preguntó acerca de trabajo. Allí estuvo esperando un buen rato, hasta que finalmente, un empleado, luego de interiorizarse acerca de las pretensiones del joven, le dijo que conocía una fazenda cercana, donde siempre empleaban gente para distintos trabajos.

-El dueño es Don Danilo, un terrateniente de la zona. Es propietario de la mayor parte de los terrenos de los alrededores. Conozco quién lo puede acercar hasta allí. Queda a unos veinte kilómetros, del otro lado del río, sobre la ruta principal.

Fue entonces que Joao se contactó con un distribuidor de la zona, que realizaba traslado de mercaderías, y que habitualmente realizaba tareas para Don Danilo. Solo tuvo que esperar un par de horas, hasta que finalmente, se subió a la camioneta del transportista, que puso camino de inmediato hacia la Fazenda.

La ciudad de Palmas, es uno de los principales centros urbanos del centro de Brasil. Se encuentra en una de las márgenes del Tocantins, el señor de los ríos, que, en ese sitio, tiene casi tres kilómetros de ancho.

Por aquel entonces, la construcción del gran puente, estaba en sus comienzos, por lo tanto, para atravesarlo, había que recurrir a la balsa.

El cruce, demandaba aproximadamente una hora, desde el ingreso a la balsa, hasta la salida del otro lado, en la localidad de Luzimangues, un centro urbano bastante más pequeño que Palmas, pero importante, con todos los servicios necesarios, que posibilitan prescindir del cruce hacia la gran ciudad, para obtener lo que uno necesite.

Ya del otro lado, siguieron la marcha por la ruta, a lo largo de unos veinte, a treinta kilómetros, donde un camino adyacente, emergía hacia la derecha, de base natural, pero muy bien conservado. Tras unos cinco kilómetros por esa ruta, llegaron finalmente a la fazenda.

Joao se presentó como peón, ante Don Danilo, que no pronunció palabra, mientras escuchaba el relato curricular del joven. Luego, muy amablemente, le dijo que, si bien no estaba necesitando gente por el momento, podría emplearlo durante unos días, aunque, si tenía una propuesta interesante, que era mucho más tentadora económicamente, en otra fazenda de su propiedad. El tema era que dicha estancia, era bastante más alejada, en pleno corazón de la Ilha do Bananal, en un sitio llamado Centro de pesquisa Canguruçu, un sitio de descanso ubicado en el área más remota que cualquier viviente se pudiese imaginar.

-Es un sitio de descanso, una fazenda muy grande, que siempre necesita trabajo de mantenimiento. No tengo mucha gente que quiera ir a ese lugar, por lo alejado, de allí que la paga es muy buena, si usted está de acuerdo …

Lógicamente, Joao aceptó con muchísimo gusto. Tres días más tarde, uno de los capataces, lo llevó en camioneta, hasta el lugar, tras recorrer unos trescientos kilómetros, sobre un camino que intercalaba asfalto, con base natural, con solo selva a ambos márgenes, y algunos descampados que empezaban a hacerse visibles, resultado de la deforestación que estaba, por entonces, en pleno apogeo.

La fazenda de Canguruçu, era un sitio agradable, en medio de un infierno de verde, calor, humedad, y sol abrazador. Recostada sobre el río Javaés, uno de los límites de la “Ilha do Bananal”, y afluente del Araguaia, era un sitio de descanso ideal, alejado de todo conglomerado humano.

La tarea de Joao, junto con otros dos peones, era la de mantener el predio en condiciones, en lo que respecta a la vegetación, que, por aquellos lugares, era una tarea muy seria y dura.

Se trataba de un sitio de unas diez hectáreas, forestado, y con una selva lindante que no permitía un solo día de descuido, en su avance por poseerlo todo.

Las habitaciones del personal de servicio y peones, estaba apartado del casco principal, donde vivía el casero, y las habitaciones de los huéspedes, que llegaban al sitio, generalmente, a través del río, desde una balsa que recalaba diariamente en la fazenda.

Salía diariamente desde Barreira do campo, un poblado pesquero sobre el Araguaia, muy cerca de Santana do Araguaia, sitio donde estaba el aeródromo hacia donde llegaban habitualmente los huéspedes. El trayecto de la balsa era de unos ochenta kilómetros, ascendiendo por el Araguaia, hasta la desembocadura del Javaés, que lleva a la fazenda. Toda una travesía.

Pero el mayor desafío de todo eso, era el clima. Allí no existen las estaciones. Solo hay una: verano. Se diferencia quizás, por las precipitaciones, que son más abundantes en el incomprensible invierno.

La mañana son templadas, en ocasiones, hasta que el sol, alcanza una altura considerable, y suficiente, para llevar a cabo su tarea, de hacer difícil la vida del peón.

Pero ellos, eran hombres fuertes. Acostumbrados a esos quehaceres. Tal es así, que, en pocos días, Joao ya se encontraba habituado a la rutina diaria, en la cual, su gran compañero era el machete.

La primera tarea consistía en atacar todo el perímetro de la fazenda, a machete limpio. Junto con sus dos compañeros, Enrique y José, atacaban desde distintos puntos, hasta completarlos. Eso les demandaba aproximadamente dos a tres horas de trabajo.

Pero era decepcionante, arrancar al día siguiente y poder comprobar que lo realizado en la víspera, había sido absolutamente en vano. La velocidad de avance de la selva por sobre el predio, era abrumadora.

Luego, una vez terminada esta labor, venía el podado de los árboles y arbustos, que también debía realizarse a diario, pero era por etapas, ya que la vegetación “controlada” era bastante abundante, pero requería de mucho más cuidado. El tiempo que llevaba el mantenimiento completo, era de una semana, con lo cual, realizaban la tarea diariamente, por sectores, para poder mantener de esta forma, todo el conjunto en buenas condiciones.

Todo este trabajo, ocupaba desde el amanecer hasta el mediodía, en que paraban para almorzar, y luego descansar durante un lapso de una hora, para retomar el trabajo hacia pasadas las dos de la tarde.

El trabajo de la tarde, generalmente, era bajo la sombra, ya sea reparando los muelles, o alguna tarea manual que requiriese la atención, ya que era imposible estar bajo los rayos del sol, hasta que éste se escondiera por detrás del monte.

Hacia las siete de la tarde, los peones retornaban al predio de servicio, para retirarse al descanso, hasta la siguiente jornada, en que el ciclo, comenzaba nuevamente.

Aquel era el momento preciso para interactuar con el resto de los personajes que aquella bonita fazenda, ya que eran unas pocas horas, en que todos y cada uno de ellos, se enriquecían con las historias de vida de sus compañeros.

Las tareas de cocina eran llevadas a cabo por las mujeres, lo mismo que lo referente al servicio del hospedaje para los huéspedes. Aparte de los tres peones, estaban el capataz, un hombre de unos cincuenta años, que vivía junto la casa principal, tres mujeres que se encargaban exclusivamente de la comida, y otras tres del servicio general de la fazenda.

Esa era la hora en que todos se juntaban, antes de la cena, a charlar en el patio contiguo a las habitaciones y la cocina, e intercambiar todas sus experiencias.

Luiza, junto con Angelina, y Andreia, se encargaban de la cocina. Luiza era la más joven, cerca de los veinte años, Andreia la más experimentada, era la que ordenaba todo para las comidas que debían servirse, tanto para los huéspedes, como para el personal en general.

El capataz se llamaba André. Era un hombre rudo, de carácter muy firme, al cual todos le tenían respeto, aunque lidiando con el temor. Si estaban conversando de algún tema, y el aparecía de improviso, el ambiente se silenciaba al instante. Entraba a la cocina, se acercaba a la olla humeante, con un cucharón probaba, luego dejaba el utensilio, y escudriñando todo alrededor, se daba media vuelta y se iba. Así, luego, todo volvía a la normalidad.

Nadie solía tener problemas con él, porque precisamente, no existía un escenario para cualquier discusión. André mantenía siempre la distancia necesaria con todos los empleados, y si había que reprender a alguno, lo apartaba, y allí le daba su sermón.

Aquella noche, estaban todos reunidos, en el patio, cenando, una riquísima torta de queijo, cuando José percibió algo en Joao, que atrajo su atención. Vio como no podía dejar de mirar de tanto en tanto a Luiza.

José prestó más atención, y pudo comprobar que de tanto en tanto, ella respondía con su mirada.

Cuando se fueron a las habitaciones, José se acercó a su compañero y en voz baja le dijo: “Menininha Bonitinha, eh”. A lo que Joao respondió con una sonrisa.

Aquel fue el comienzo de una historia muy especial para Joao. Hasta ese momento, desde que dejó su Salvador natal, todo había sido trabajo, recalando de fazenda en fazenda. Pero ahora, en medio de esa vida tan especial y sacrificada, se plantaba el amor, y eso, sin dudas, lo conmovía.

Era así de cierto. Sentía una especial atracción por Luiza, y lo que era mucho mejor, esa atracción, claramente, era correspondida. Ambos eran los más jóvenes de todo el plantel, y bueno, un condimento propicio para este tipo de situación.

Con el correr de los días, y semanas, la relación fue consolidándose. Ambos eran muy tímidos, lo que hizo más difícil la situación. Por las tardes, al terminar el trabajo, se los veía caminando y conversando, junto al río, antes de la cena. En determinado momento, todos ya sabían, que, entre ambos, había algo más que amistad.

Pero este precisamente, no fue el hilo principal de esta historia. De ninguna manera. Todo surgió un buen día, donde las cosas cambiarían radicalmente.

Esto sucedió en pleno verano, donde las condiciones eran mucho más rigurosas. No obstante, para aquella gente, acostumbrados a los avatares de aquel clima extremo, el cambio era casi imperceptible. Pero en situaciones extremas, ahí, era otro el cantar.

Como todos en el predio, también André, se dio cuenta de que algo estaba sucediendo entre Joao y Luiza. Pero no dejó ver demasiada preocupación al respecto. Al menos, eso es lo que parecía.

Aquella noche, luego de la cena, cuando todos estaban en el patio, André salió de la casa y con un gesto con su cabeza, se dirigió a la muchacha.

-¡Luiza! A las once.

Inmediatamente, varias situaciones fuera de lo común brotaron en el ambiente, que, por un momento, se cortaba con cuchillo.

La joven bajó inmediatamente la cabeza, mientras, Joao, miró a André, luego a su amada, y finalmente clavó la vista en Andreia, sin comprender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Esta última, lo miró fijamente, y no quitó su vista de él.

Cuando André salió de la escena, Andreia se puso de pié y ordenó a todos ir a sus habitaciones, haciendo señas a Luiza y Angelina, para que la ayudaran a recoger las cosas de la cena, y de inmediato retirarse al descanso.

Joao entonces intentó acercarse a Luiza, mientras ella se retiraba, claramente avergonzada, pero Andreia salió a su encuentro y firmemente le dijo:

-Vai embora. Falamos amanhã.

Joao hizo caso de inmediato, porque Andreia, era la que mandaba allí, después del capataz, lógicamente. Sin dejar de pensar en aquella absurda situación, entró en su cuarto y se dispuso a dormir, aunque por entonces, su cabeza martillaba sobre la almohada, y fueron quizás un par de horas, las que transcurrieron hasta que, contra su propia voluntad, pudo conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, media hora antes del desayuno, Joao salió como una bala de su cuarto en busca de Luiza y Andreia. Esta última lo interceptó de inmediato, al verlo desenfrenado.

-Déjala tranquila, no le preguntes nada, no es el momento –se interpuso la mujer- yo trataré de explicarte, si es que no eres lo suficientemente listo como para darte cuenta.

-¿Pues de qué me tengo que dar cuenta?

-Bueno, parece que no eres lo suficientemente listo entonces. Él no es solo el patrón, es mucho más que eso.

-¿De qué estás hablando? Él es solo el capataz, el que manda aquí. ¿Qué es eso que sucedió anoche? ¿Dónde está Luiza?

-Luiza está bien, preparando el desayuno, ya la verás. Y si piensas que él es solo el capataz, el hecho de estar macheteando todas las mañanas bajo el sol, parece que ha hecho su efecto, y te ha hervido el cerebro. Pero yo te ayudaré, a despejarte un poco las ideas.

-Adelante –agregó Joao ahora en tono desafiante.

-Bien, primero no me desafíes, porque vas a terminar adentro de una olla con caldo de gallina. Llevó aquí demasiados años, y conozco muy bien cómo funciona todo esto, para que venga un peoncito de campo, y pretenda pasarse de listo.

Desculpe Andreia, continue –agregó ahora, bajando la cabeza y el tono.

-Retomemos entonces. André sí, es el capataz, de esta fazenda. Pero también es el que manda fuera de ella, desde aquí, hasta Santana y me arriesgaría a decir, en toda la Ilha do Bananal. Y no es el único, él es parte de una verdadera organización, que se encarga absolutamente de todo lo que no quisieras ni siquiera conocer.

-¿Qué cosa?

-A ver, ¿Que te viene a la cabeza ahora, peón de campo? ¿Qué puedes imaginarte?

-¿Estás hablando de cosas fuera de la ley?

-Te vuelves a equivocar. No están fuera de la ley, porque él es la ley. El y su gente, se encargan de hacer su propia ley. Lo que no es ley, solo demora unos minutos en pasar a serlo, lógicamente, para su conveniencia. Digamos que, ante él, no tienes ni la más mínima posibilidad de éxito.

-¿Y qué papel juega Luiza en todo esto?

-A ver si puedes despabilarte sin necesidad que yo te lo diga.

Ahora los ojos de Joao se brotaron, como saltando desde su tez oscura, y un gesto adusto estalló desde sus cienes hasta la comisura de su boca. La ira estaba dando cuenta de él, cuando la mujer interrumpió abruptamente su brote de locura.

-Ante todo, debes recuperar la calma, si es que quieres llegar a buen puerto.

-Podría matarlo, y ni siquiera se daría cuenta.

-Esa es la peor opción. Todo el pueblo estaría detrás de ti, y de nosotros. No, hay una sola opción. Debes sacarla de aquí. Pero eso no es fácil, nunca los dejaría ir.

-¿Pero por qué?

-Solo cuando le insinúes siquiera eso, allí te cobrará la comida, el hospedaje, y siempre le estarás debiendo. Y hasta no pagarle, no te dejará ir, te lo aseguro. La única opción es huir, pero eso tampoco será fácil, mira esto –señalando todo a su alrededor- todo esto juega en contra.

-Se puede buscar una embarcación por el río.

-¡De ninguna manera! ¿No has entendido que ellos controlan todo? No. La única salida es por donde llegaste. Hacia el Tocantins. Pero olvídalo ahora, sigue con tu trabajo, y déjame pensar. Puede haber una posibilidad. Disimula. Debes hacer de cuenta que está todo bien, sobre todo con André. Hay que planear bien todo esto. Vete ahora.

Los días siguieron transcurriendo, bajo ese ambiente pesado de incertidumbre y calor. Las cosas, sin embargo, no fueron iguales. El ánimo de Joao había cambiado. Ahora era un hombre callado, dedicado exclusivamente a su tarea. Las charlas con Luiza siguieron. De hecho, él le manifestó la posibilidad de huir.

Ante esto, Luiza se mostró con muchísimo temor. El trató de tranquilizarla, pidiéndole que no se hiciera problema, que junto con Andreia, iban a poder resolver la situación. Que, si iban a llevar a adelante un escape, sería algo seguro. Le prometió firmemente que iba a sacarla de allí.

Pero lo más importante de todo, era seguir manteniendo la confianza de André. Entendió que, si seguía viendo a Luiza de la forma en que lo venía haciendo, André podría asignarlo a otro sitio, y los separaría. Esa era una posibilidad muy concreta. Si eso llegaba a suceder, todo se desmoronaría. Así que, junto con Andreia, planearon que estarían lo más alejados posible, para calmar los ánimos del capataz.

Una noche, luego de la cena, cuando ya todos se disponían a dormir, Andreia lo llamó a un lado y dijo:

-Hay una posibilidad, creo que es la única opción por el momento.

-¿Cuál sería?

-Todas las semanas viene el camión que trae carbón, desde Palma. El carbón es bueno por allí, el de aquí es de muy baja calidad, por eso se compra en la región del Tocantins. Si ustedes quisieran caminar hasta allá, pues, no llegarían muy lejos.

-Bien, ¿Cómo sería? ¿Escondiéndonos en el camión?

-Sí. El camión algunas veces viene por la mañana, eso no sirve. André se daría cuenta que la ausencia, y no tardaría en entender lo que hicieron. Su influencia también llega hasta el Tocantins, recuerda que allá está su socio Don Danilo, un hombre que parece bueno, pero no tiene más que dos dedos de frente. Hace todo lo que su capataz le indica. Hay que tener de nuestro lado la complicidad de la noche. Eso les daría al menos ocho horas. Para cuando André se dé cuenta de la ausencia, ya estarán al otro lado del Tocantins.

-¿Y entonces?

-Pues a veces viene por la tarde, a última hora. Ya ha sucedido eso, varias veces, sin ir más lejos, hace algo más de un mes. Y yo me entero esa misma mañana, porque André me lo dice.

-¿Y cómo sería? ¿El transportista podría ayudarnos?

-De ninguna manera. Recuerda, todo el mundo sabe que André es quien maneja todos los hilos. Nunca querrían ponerse en su contra. Deberían esconderse en el camión, antes de su partida. Es bastante simple. Pero deberán bajar de él antes que llegue a la balsa, no la cruzarás dentro del camión, porque suelen revisar los transportes. Deberán cruzar luego, de alguna manera, a Palmas. Recién allí, creo, estarán a salvo. Cuando llegan a Palmas, te vas a la estación de buses, y te subes a un micro hasta Brasilia, es la única opción.

-Parece bastante simple, pero entiendo que todo podría salir mal.

-Exacto. Pero es la única opción. Ahora mantente callado, sigue con tu tarea diaria, pero estate atento. En cualquier momento puede suceder. Yo te avisaré el mismo día, unas horas antes. También lo sabrá Luiza.

El pensamiento de Joao ahora se centraba completamente en el escape. Planificaba las distintas posibilidades, mientras macheteaba la maleza bajo el calor sofocante, un infierno reverberante de humedad, sudor, y agobio.

De tanto en tanto se detenía, buscaba su botella de agua, y se sentaba unos minutos a la sombra, refrescándose desde la cabeza a los pies, mientras intercambiaba sudor, e ideas descabelladas de escape.

Ahora, por las tardes sofocantes, cuando el trabajo terminaba, solo hablaba con Luiza cuando estaba cerca de ella, disimulando, para no despertar sospechas. Trataba de calmarla y de explicarle que harían todo de la manera más segura posible.

Ella confiaba ciegamente en Joao. Estaba muy segura de ello, y entonces, se tranquilizaba, pero necesitaba que todo terminara lo más rápido posible. Las visitas a la habitación de André, se habían convertido ahora, en una verdadera tortura, que sucedía al menos una vez a la semana. Nunca habló acerca de eso con Joao, por temor a que hiciera alguna cosa que estropeara todo.

Pero bien, aquella semana, había sido lo suficientemente extraña, en lo que respecta al clima. Un frente de baja presión se había establecido en la zona, y las lluvias habían aumentado considerablemente, poco normal para la época.

Se estaba dando una situación, que, si bien podría ser beneficiosa, por otro lado, podría complicar considerablemente los planes, ya que el camino entre Canguruçu y Luzimangues, aproximadamente de trescientos kilómetros, tenía un tramo de más de cien de superficie natural, hasta llegar al asfalto.

Generalmente estaba en buenas condiciones, y se podía transitar, pero con estas lluvias, todo era muy incierto. No obstante, debía suceder el hecho de que el camión de carbón llegara por la tarde, y eso era mucho más incierto aún.

Esa noche, mientras cenaban, Andreia disimuladamente se acercó a Joao, y sin que nadie la escuchase, le dijo:

-Será mañana por la noche. Debes estar listo.

La mañana del día siguiente fue toda una incertidumbre para Joao. Como todos los días, temprano, comenzó con su trabajo. Pero la cabeza estaba en otro lado. El día estaba nublado. La lluvia había cesado, al menos por el momento, aunque los nubarrones amenazantes, siempre estaban presentes.

Al llegar al mediodía, pudo comprobar que el camión de carbón aún no había llegado. Eso era algo muy bueno. A medida que las horas pasaban, y el camión no llegaba, aumentaban las posibilidades de éxito, aunque bien sabía, que, al menos por el momento, aquellas eran muy reducidas.

Después del almuerzo siguió trabajando junto a la costa, podando unos frutales que estaban alineados siguiendo la margen del río. Pudo ver a André, a lo lejos, cargando unas bolsas de arpillera, y llevándolas hasta el muelle, a la lancha. Uno de sus compañeros, José, lo estaba ayudando.

Disimuladamente siguió con su trabajo, sin perder de vista al capataz. En un momento vio como Andreia, se acercaba al muelle, y le entregaba algo al jefe, luego pegó la vuelta, echó una mirada a Joao, y siguió su camino hacia la cocina.

André y José estuvieron unos quince minutos, acomodando algunas cosas en la lancha. No pudo ver de qué se trataba, porque estaba a no menos de cien metros de distancia. Pudo escuchar el motor de la lancha al encenderse, y mientras José se retiraba de la escena, la lancha inició su marcha, probablemente hacia el pueblo.

Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, largó el machete, y corrió hacia la cocina, en busca de Andreia. Ella lo vio llegar, y de inmediato le dijo:

-Fue a llevar unas herramientas para reparar, y de paso, le di una lista con algunas cosas necesarias para la cocina. Creo que tardará no menos de dos horas, si no se distrae en el bar.

-¿Y el camión del carbón?

-Por ahora no se nada. Debe venir hoy, así que estaremos preparados. Yo necesito que el patrón vuelva para la cena. Si el camión se retrasa, eso es bueno, pero necesito que regrese, sino no podrán irse.

-¿Por qué?

-Ya lo sabrás.

Antes de cumplidas las dos horas, el motor de la lancha se hizo oír desde lo lejos. Eran casi las seis de la tarde. Y del camión, ni noticias. A las siete, el trabajo había finalizado, como de costumbre, todos se reunieron en el patio, un rato antes de la cena. Pero había tres personas, que estaban mucho más atentas que el resto. Fue en ese momento, en que, por el camino de entrada, apareció el camión de carbón. Desde la entrada de la casa principal, André, contemplaba toda la escena.

Joao fijó su mirada en Andreia, que lo percibió, y mirándolo fijamente, hizo un además con su cabeza, en señal de negación. Por otra parte, la cabeza de Andreia, funcionaba a mil por hora.

De inmediato se acercó al camión, indicándole al carbonero donde debía dejar la carga. Este descendió del vehículo, levanto la lona trasera, y se dispuso a descargar. Ella se acercó, y mientras el hombre realizaba su tarea, buscó la forma de ponerle un broche de oro a toda la situación, ya casi desesperadamente.

-Que tarde que llegó hoy, Don Edilson.

-Me retrasé en Santa Rita, con una entrega. Ya debería estar a medio camino de regreso.

-¿Quiere quedarse a comer algo antes de volver? En un rato lo tengo listo. Hoy tenemos feijoada.

-¡Uy, que tentador! Pero voy a llegar tarde a casa.

-¿De dónde es usted?

-De Poçâo, cerca de Luzimangues.

-De todas maneras, va a llegar a cualquier hora. Cómase algo, vamos. Voy a apurar la cena –retirándose hacia la cocina y sin dejarle prácticamente opción.

Fue allí que Joao, al verla, se le acercó, y con un gesto con su cabeza, le preguntó cómo estaba la situación. Andreia, en voz baja le respondió:

Saiba algo, voce. A los hombres los convences de dos maneras: una es con la comida.

De inmediato entró en la cocina, y luego, casi al instante, salió en dirección a la casa principal. Joao, sentado sobre una roca junto a la ceiba, no se perdía ni el más mínimo detalle de sus movimientos, a los que seguía con el mayor disimulo posible, mientras jugaba con su cuchilla, y un rebosante fruto de cacao.

Vio como Andreia llegaba a la casa, e intercambiaba algunas palabras con el capataz, luego volvió sobre sus pasos, retornando a la cocina. Lo miró antes a Joao, pero no dejó ver ningún gesto.

Por otro lado, Don Edilson, estuvo ocupado descargando el carbón. Cuando terminó, Joao lo vio llegarse hasta el patio, en busca de Andreia.

Doña Andreia –gritó- está todo listo.

Ella salió de inmediato y respondió.

-Gracias. Venga, que en un ratito tengo la feijoada.

A las ocho de la noche, cuando todavía quedaba bastante luz, todos estaban ya cenando. Fue así que también se acercó André y se unió a la comida. Estuvieron allí todos durante casi una hora. Fue cuando Don Edilson, anunció que ya era hora partir.

Ahora, todo debía hacerse con suma rapidez y precisión. No había margen para ningún error. Tanto Joao como Luiza, sabían que tenían que hacer, para salir de la escena, e inmediatamente entrar al camión, sin que nadie se percatara.

Pero en ese instante, todo pareció desmoronarse. Un frío corrió por todo el cuerpo, tanto de Joao, Luiza, y hasta la propia Andreia, que tenía que improvisar, indefectiblemente, sobre la marcha. En ese momento, mientras se ponía de pie, y marchaba hacia la casa principal, André pronunció su frase demoledora:

Luiza. ¡A las once!

Joao miró a Luiza, desesperado, y luego ambos a Andreia, que de inmediato, hizo un gesto con la cabeza para que continuaran con el plan. El hecho era que, si Luiza debía acudir a su cita con André, a las once, perderían la ventaja de ocho horas, reduciéndola tan solo a dos. Y eso era ir directo a la perdición. No obstante, ambos hicieron caso a Andreia, y siguieron con el plan.

Joao puso rumbo hacia las habitaciones, ingresó a la suya, tomó bolso, previamente armado, y salió hacia los arbustos, para interceptar al camión ya en el camino.

Por su parte Luiza, entró a la cocina, donde ya tenía sus pertenencias preparadas en una mochila, y salió de inmediato, por la puerta de atrás, para ir hacia el camión antes que Don Edilson subiera.

Desató uno de los extremos de la lona, y de un salto, entró a la caja, teniendo cuidado de volver a sujetar la soga, una vez dentro. Allí, hizo espacio entre las bolsas de carbón que quedaban, y se acurrucó en el fondo, para no ser vista, si el hombre tuviese la ocurrencia de abrir la lona.

A los pocos minutos, escuchó los pasos, y entendió que Don Edilson, ya se aprestaba a iniciar el camino.

El hombre puso en marcha el camión, mientras el motor rugía al mismo ritmo que el corazón de Luiza. Apenas arrancó, un instante de tranquilidad y relajación, pareció invadir el espíritu de la muchacha. Pero eso duró muy poco.  Su corazón, ahora, pareció paralizarse, cuando una mano, por fuera, intentaba desesperadamente desatar la soga.

Casi no lo logra, y Luiza, no podía acudir en su ayuda, porque estaba completamente paralizada. En ese instante, aquella mano, se hizo figura, que, de un salto, se zambulló en la caja del camión al mismo tiempo, que, en voz baja, y al ver los ojos desorbitados de Luiza, esbozó:

Eu vou com você!

Era Andreia, que sorpresivamente, decidió formar parte activa de toda aquella locura. Luiza, saltó de su sitio, y la abrazó, tan fuerte que casi le corta la respiración.

-Espera un poco, amiga, espera, que falta tu muchacho aún.

De inmediato, fue corriendo a desatar el otro extremo de la lona, para que Joao pudiese abordar el camión sin inconvenientes. Ahora todo dependía de él.

Mientras el camión se balanceaba, por el camino irregular, los minutos pasaban, y las dos mujeres seguían abrazadas en medio de la caja, esperando la aparición del joven.

Justo cuando empezaban a perder las esperanzas, lo vieron arrojar primero su bolso, y luego con vuelo rasante, sumergirse en la caja para unirse al abrazo salvador. Los tres se miraron ahora, y rieron. Fue cuando Luiza se pronunció:

-¿Ustedes entienden esta locura que acaban de cometer por mí?¿Son conscientes de eso?

Allí Andreia respondió:

-¡De ninguna manera! –mientras reía casi con desesperación.

-Tenemos todavía un gran problema allí –agregó Joao, señalando hacia atrás del camino- André estará pendiente de algo, a las once.

-Pues yo creo que deberíamos despreocuparnos por eso. Creo, y espero que sea así.

-¿Por qué? –preguntó ahora Luiza.

-Porque con lo que le puse en su “feijoada”, debería tener suficiente para dormir hasta mañana a mediodía –concluyó casi lanzando una carcajada.

-¡No contaba con eso! –concluyó finalmente Joao, también riendo- bueno, a no relajarnos, que esto recién empieza –dijo mientras abrazaba fuertemente a sus dos compañeras.

Eran las nueve y diez de la noche, cuando comenzó la travesía. Unos trescientos kilómetros hasta la tranquilidad de Luzimangues. Bueno, al menos, una incipiente tranquilidad. La salvación estaba al otro lado del Tocantins, en Palma, y arriba del bus. Pero para eso faltaba muchísimo.

A eso de las doce de la noche, llegaron al asfalto. Se dieron cuenta de inmediato, porque el zamarreo cesó por completo. Habían recorrido unos ciento veinte kilómetros, y faltaban aún doscientos.

Para entonces, André estaría dormido, o bien iniciando un despliegue descomunal en búsqueda de los tres autoexiliados.

Eso no podrían saberlo. Pero estaban muy atentos a lo que seguía por detrás del camión. Cada vez que aparecía alguna luz a la distancia, el corazón se paralizaba, para luego tomar su curso normal al ver que era solo un auto que superaba por la vía contraria al camión.

Andreia estaba convencida que llegarían sin problemas a Luzimangues. Pero también, estaba más que convencida, que cruzar el río, no sería tarea fácil.

La balsa abría a las ocho de la mañana. Para entonces, André, ya habría dado aviso a Don Danilo, y éste, desplegado todo el dispositivo que su capataz favorito le hubiese indicado. Ese era el verdadero peligro. Se iniciaba entonces, la segunda y definitiva etapa del escape.

A eso de las dos y media de la mañana llegaron a Paraiso do Tocantins, una localidad a solo sesenta kilómetros de Luzimangues. El camión se detuvo en una gasolinera, y entonces, se escondieron detrás de las bolsas de carbón, por precaución. Fue allí que Joao preguntó:

-¿No debiéramos bajar aquí, quizás?

-No. Debemos arriesgarnos a llegar lo más cerca posible del río. Todo esto va a estar en la mira, mañana mismo. Tomar un bus aquí, es muy peligroso. Estando junto al río, hay varias opciones para poder cruzarlo. Yo tengo algo de dinero, solo hay que buscar la manera.

-¿Qué te hace pensar que van a estar tan ocupados en buscarnos? -preguntó ahora Luiza– tal vez no les importemos.

-Hay algo mucho más importante que el simple hecho de ser empleados de la fazenda -respondió Andreia– y eso es el conocer todos los movimientos ilegales que realizan. Todos sabemos los negocios sucios en que están metidos.

A los pocos minutos, la marcha continuó. Para las cuatro de la mañana llegaron a Luzimangues. Fue entonces que en un momento en que se detuvo el camión, Andreia dijo que era el momento, y los tres saltaron hacia el asfalto, para perderse en las sombras de la calle lindante con la costanera.

Del otro lado del río, las potentes luces de Palmas, iluminaban toda la escena, en una noche todavía profunda. Los tres caminaron por la calle paralela a la costa en dirección norte. En un momento se detuvieron y Andreia hablo.

-El río aquí es muy ancho. Si esperamos a que abra la balsa, estaremos tomando un riesgo muy grande. André va a saber enseguida que nos fuimos en el camión de carbón. No hay otra opción. También sabe que si logramos cruzar a Palmas, estará perdido. Y Don Danilo, con los contactos que tiene, y favores que le deben, bueno, es el amo y señor de esta margen del río.

-Podemos cruzar por separado -preguntó Joao.

-Es una opción más segura, pero también muy arriesgada. Si hubiese que cruzar separados, yo lo haría por el paso de Porto Imperial, son unos sesenta kilómetros hacia el sur. Allí el río, no tiene más que quinientos metros de anchura. Aquí tenemos más de tres kilómetros.

-Todo lo que estuvimos planeando, es precisamente lo que ellos pensarían que haríamos, ¿Verdad? -preguntó ahora Luiza.

-Seguramente -respondió Andreia.

-Pues debemos hacer algo que ni siquiera esté en sus planes. Ellos pensarán con seguridad que vamos a intentar cruzar a Palmas. Pues no lo hagamos. Vayamos en otra dirección, y crucémoslo cuando todo se haya calmado, en otro sitio.

-Es una buena opción -agregó Andreia– deberíamos ir más al sur todavía. En Ipueiras por ejemplo, el río se podría cruzar en bote. Solo habría que conseguir uno. Allí es mucho más angosto inclusive, que en Porto Imperial.

-¡Pues vayamos por eso! -concluyó Joao, cruzar por aquí es una locura. Todos sabemos lo que es esto cuando se habilita la balsa.

-Bueno, intentémoslo, veamos cómo llegar hasta allá -concluyó Andreia.

Luego de esto, cambiaron ahora de rumbo, y pusieron camino por la costanera, hacia el sur. Pasaron por el frente del puesto de la balsa, pero era muy temprano aún. Nadie que los viera.

Siguieron por el camino, hasta abandonar el pueblo, con las primeras luces del día. Joao y Luiza, por delante, susurrando sus sueños, Andreia algo más atrás, con la cabeza gacha, quizás, rezando alguna plegaria, o invocando, vaya a saber que …

                                                               . . . . . . . . . . . . . . . . . .

“Voy a contarles una historia, una extraña, sobre un ser aún más extraño. Los indios lo llaman Curupira. Es feo como Tinhoso y peludo como un oso, pero pequeño. ¿Alguna vez has visto dientes verdes? Curupira los tiene. Como su cabello rojo. Por no hablar de las orejas afiladas. No es un cangrejo, pero tiene los pies girados hacia atrás, como si fuera a caminar marcha atrás. Nadie sabe nunca dónde está. ¿Siempre huyendo? Tal vez. Y de repente aparece con una apariencia aterradora. Cuando se marcha no deja rastro en la tierra. Sólo se oye un susurro en el bosque; puedes estar seguro: es él. Él también es sabio. Conoce a las plantas que curan. Él está allí para cuidar de la naturaleza, de los animales, y de quienes la protegen. Sabe vengarse de los indios, que con sus flechas atacan a animales indefensos. A veces pide cosas, como tabaco, y a cambio enseña los secretos de la selva. Enloquece a los cazadores, quienes le temen. A veces los invita a vivir en el bosque, para cambiar su espíritu. Y en ciertas ocasiones, si lo invocas, o simplemente necesitas de su ayuda, él estará allí.” –Como nacieron las estrellas, Clarice Lispector, texto adaptado

                                                               . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El sol del mediodía caía punzante sobre sus cabezas. El calor insoportable, de otro día de fuego, hacía estragos sobre el espíritu, cuerpo y pensamiento de los tres infortunados caminantes. El anochecer aún lejano, se mostraba como una fortaleza inexpugnable, en un horizonte inexistente.

Un vivificante aljibe, en una hacienda abandonada a la vera del camino, proveyó entonces de un alivio refrescante, bajo la sombra de un ancestral árbol de caucho, que cobijaba sutilmente un cafetal desenfrenado de robusta, librado a las inclemencias de una selva, que día a día reclamaba su terreno.

Allí, a pocos metros, estaba el río. Aquel río del diablo, amo y señor de aquella selva que vivía de su propio espíritu. Un río que corría suave, sobre un lecho de espigas, a sabiendas que era la única fuente de vida de su eterna selva, compañera de aventuras.

La tarde fue cayendo. El sol, buscando refugio tras el monte, dejando atrás un nuevo día de infierno. Del otro lado del río, a tres kilómetros, algunas luces empezaban a aparecer. Era otro mundo, por el momento, inalcanzable, que manifestaba firmemente su presencia, y les otorgaba un hálito de esperanza, bajo un escenario de desolación.

En un instante, y a la distancia, se escuchó el silbido. Primero fue un suave y tierno silbido, con una melodía mágica, que fue haciéndose cada vez más intenso.

Joao y Luiza, sentados y apoyados en el tronco, miraron a Andreia, en otro tronco opuesto, que miraba al cielo, y dejaba escapar, casi imperceptible, una fina lágrima, y luego, una sonrisa.

Joao, la miraba, frunció el ceño, sin comprender a ciencia cierta que estaba pasando. La miró fijo, y ella, respondió a su mirada, con otra, muy tierna, mientras decía:

-A veces suceden cosas que escapan a nuestro entendimiento. Sin embargo, no dejan de ser cosas, o hechos, que son parte de nuestra vida cotidiana. Debemos convivir con ellas, aceptarlas, así como son, y no intentar indagar demasiado. Lo que ustedes van a ver en unos instantes, lo que va a suceder de aquí en más, acéptenlo tal cual es, no importa su origen, ni de dónde viene, ni hacia dónde va. Solo acéptenlo, y lo que es mejor, disfrútenlo.

Luego, cerró sus ojos, sin dejar de lado la sonrisa, y se sumergió en su pensamiento.

A los cinco minutos, por el camino principal, y emergiendo de la oscuridad, vieron la figura. Avanzaba lenta, pero firme, caminando casi con dificultad. A los pocos metros, pudieron verlo más claramente. Era un niño, algo desalineado, con cabello crecido, pelirrojo, en apariencia. Vestía un calzado muy extraño, un pantalón corto, y el cuerpo estaba cubierto por una tela color marrón, que no era ni camisa, ni remera, era eso, una tela.

Pasó junto a ellos, y sin mirarlos siquiera, siguió su camino hacia la costa, nuevamente acompañado por un silbido. Cuando ya estaba a unos cuantos metros, Andreia abrió los ojos, miró a los enamorados, y les dijo:

Vayan con él. Los hará cruzar el río. Cuando lleguen al otro lado, suban al bus, váyanse de este sitio, y hagan una hermosa vida juntos.

Luiza tomó de la mano a Joao, ambos se pusieron de pie. En un momento, Joao se detuvo para preguntarle a Andreia por qué no los acompañaba. Increíblemente, ella ya no estaba allí.

Fueron en busca del niño, cuya silueta pudo verse ya, junto al río, pero la oscuridad, ya no permitía discernir demasiado. Al llegar a la costa, el niño tampoco estaba. Pero en aquel lugar, había un bote. Listo para ser usado, con su motor encendido.

Ambos comprendieron. Subieron al bote, y pusieron proa hacia la otra orilla, dispuestos a hacer una hermosa vida juntos.

“Com cabeleira assanhada

vermelha e despenteada,

uma boca cheia de dentes,

pontudos, grandes e verdes,

de meter medo na gente…

É um ser assustador

que na verdade, de fato

dos animais, das florestas

é o maior protetor.

É um ser bem poderoso

e também é genioso,

não costuma perdoar

se alguém matar um bicho

ou alguma árvore cortar,

sem ter a necessidade,

à toa, sem precisar.”

As vezes ele assobia

no ouvido do caçador

deixando-o muito tonto

sem saber mais pra que ponto

sua arma ele apontou.

Tem várias denominações

por este Brasil afora

de pai-do-mato ele é chamado

curupira ou caipora.

Mas se algum dia uma mata

você for atravessar

leve sempre consigo

um pedaço de fumo de rolo

para o curupira agradar.

Wanda Campos

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