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Tinogasta, Catamarca

Historias del Huayramuyo

Tinogasta

Calingasta

Tambillos

Pinchas

Vinchina

Polvaredas

Que solo me voy quedando,

mi viejo tunal,

oyendo cantar al río,

para el carnaval.

Me acompaña la esperanza,

en la soledad

cuando silba el huayramuyo

Por el salitral.

Mario Arnedo Gallo

Antonio Rodriguez Villar

Huayramuyo

Proviene del término Huayra Muyoj,

que en idioma quechua, significa viento, remolino.

Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía.

En los inicios …

…  los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz.

Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión.

Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay,  manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto.

Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco …

… había nacido el Zonda.

Tinogasta

Catamarca

“El camino áspero, pedregoso e infestado de indios bravíos debió de ser el que, saliendo de Santiago, va a, Ibatín, en Tucumán, lugar donde estuvo situado el primer asiento del Barco, en 1550. Allí, al frente, está la Quebrada del Portugués, por donde se va a la Tambería del Inca, citada por Matienzo en su carta del 2 de enero de 1566. De Tafí sale a Amaicha, en el Valle de Yocavil, sobre el camino del Inca, que va a las Minas Ricas del Inca, a Gualasto. De Gualasto tuerce al oeste y, después de atravesar el Campo del Arenal o de Los Pozuelos, va al Valle de Cortando, donde Zurita pobló Londres en 1558, por el cauce del río de Los Nacimientos. De Londres, siguiendo por la cuesta llamada ahora de Zapata, se va a Tinogasta. Desde este punto, tomando al norte por el inmenso Valle de Fiambalá, se va al Paso de San Francisco, situado ya en la Cordillera de Almagro.”

Cancionero popular de La Rioja, Juan Alfonso Carrizo, 1942

-¡Tomás! ¿Dónde estás? –gritó Matilde, entrando a la sala principal- ¿Dónde está el monje?

-Tranquila amiga, ¿Qué sucede? Fui a prepararle un té. Estaba aquí en la sala, hace dos minutos.

-Pues ya no está. Solo quedó su caballo. El libro tampoco está. –afirmó, intentando recobrar la calma- ¡Vení! –le dijo, mientras hacía señas para salir al exterior- Tenés que ver esto. No vas a poder creerlo.

….

Cuando Tomás ingresó a la sala, el monje ya se había retirado, solo estaba Matilde. En vano recorrió cada uno de las habitaciones contiguas. Era tarde, no estaba ya en el observatorio. Lo curioso, es que afuera, si estaba su caballo. Solo faltaba él, y el libro.

Pero bueno, esto sucedió en realidad unos tres meses antes, con lo cual, esta historia, en realidad, no tiene mucho sentido, si no conocemos a fondo los orígenes. Y digo que es una historia, porque a ciencia cierta, de haber sido así el desenlace, como luego veremos, no podríamos hoy estar leyendo estas líneas.

No obstante, algo muy extraño pasó por entonces, en aquel sitio tan, pero tan remoto, y eso, no puede pasarse por alto. Vayamos entonces a los hechos.

Fue hace unos cuantos años, quizás veinte, o treinta, no es importante. Tiempo antes, el gobierno provincial, había decidido instalar un observatorio astronómico, en un paraje ubicado en las estibaciones de la precordillera catamarqueña, muy cerca de la localidad de Tinogasta, y casi pegado a un paraje llamado Higuerita.

Se llegaba al observatorio, desde este último sitio, solamente a caballo, tras unos cinco kilómetros de recorrido. Era sin lugar a dudas, un sitio privilegiado, donde los cielos nocturnos ofrecen un punto de observación de los más limpios del planeta.

Tomás, astrónomo profesional, que para entonces tenía con unos cuarenta años, era el responsable del centro, que contaba con un telescopio reflector de 1,90 metros de diámetro. Junto a él, desempeñaban el trabajo, otros colaboradores, que trabajaban en turnos y días rotativos, lógicamente, por las noches.

Todo comenzó una tarde, cuando estaba reunido el grupo de astrónomos en el centro, cosa bastante poco usual. Pero ese día era especial, porque la Luna, iba a ser especial. Debían registrar unas buenas tomas de la “Luna roja” que estaba prevista para las 23.35, hora en que comenzaba el suceso, y que llevaría prácticamente toda la noche. Ninguno quería perderse el espectáculo.

Siendo las cinco y media de la tarde, el sol ya empezaba a ocultarse por detrás de la cordillera, cuando, a través de la ventana, vieron aproximarse a un señor, a caballo, por supuesto, que vestía un traje de sacerdote, o algo parecido a ello. Luego supieron que se trataba de un monje franciscano, perteneciente a una congregación de Tinogasta.

El hecho ya de por sí sorprendente, se convirtió en mucho más, cuando los astrónomos se pusieron en conocimiento del objetivo del monje.

-Necesito vuestra colaboración, para que me permitan utilizar solo durante unos días, su telescopio más pequeño, no el mayor, por supuesto, no quiero interferir en su trabajo. Debo realizar una tarea que me encomendó mi superior, muy importante, que afecta a toda la congregación, y más aún.

El pedido parecía simple, y los hombres lo encontraron absolutamente viable. Pero mucho más sorprendente, resultó ser la tarea que debía realizar el religioso, que se identificó con el nombre de Milton. Lisa y llanamente, Milton.

-Debo realizar un catálogo exhaustivo de todos los puntos celestes visibles desde este sitio, en un rango horario entre las veintidós, y las dos de la mañana. Me llevará unos cuantos días, pero es un trabajo muy importante.

Claro, ante la afirmación de Tomás, respecto a que ellos podrían rápidamente suministrarle un catálogo preciso, sin necesidad de realizar tan titánica tarea, Milton solo se limitó a responder:

-Es necesario realizarlo “in situ”. Cuando yo termine con mi trabajo, todas las cartas estelares ya no tendrán sentido.

Tras el silencio de los profesionales, e inclusive, alguna sonrisa, que pudo haberse escapado, en medio de tan cortante afirmación, Tomás le respondió que no encontraba motivo para no concederle el pedido.

El monje le agradeció profundamente, y le dijo que volvería en unos días, después que pasara el Huayramuyo.

Así, se retiró, ante la mirada atónita de cada uno de los participantes de la reunión. Ese fue el primero, de los tantos contactos que tuvieron los astrónomos, con el monje Milton, durante los casi tres meses que duró la interacción entre ellos.

Después del eclipse, cayó El Zonda, y toda tarea debió verse interrumpida por tres días en que duró el fenómeno. El observatorio, ubicado a 2500m de altura, debió cerrar toda actividad, bajo los efectos del calor seco, qué, durante las tardes de fuego de la precordillera, hacía del hecho de estar a la intemperie, una tarea verdaderamente titánica.

De hecho, todos se retiraron al pueblo, a esperar que terminara el fenómeno. El camino desde el observatorio a Tinogasta, incluía -como dije- unos cinco kilómetros a caballo, y luego en automóvil, treinta más hasta el poblado, donde cada uno residía con sus familias, o solos, según el caso, que, para esta historia, carece de importancia.

Una vez pasado El Zonda, todo volvió a la normalidad, retornando todos a la actividad cotidiana, aunque, sin noticias del monje, hasta una tarde, ya casi cayendo el sol, cuando se lo vio aproximarse con su tordillo, y su andar muy apacible.

Aquel día estaban Jerónimo y Matilde, trabajando en el observatorio. Lo recibieron ofreciéndole alguna bebida, que el monje amablemente agradeció, y de inmediato se abocó a su trabajo, para lo cual, había traído un libro, muy grande, con hojas en blanco, cosido, y de portadas revestidas en cuero vacuno, una verdadera reliquia artesanal.

Comenzó su tarea enfocando hacia Cetus, la constelación de “La ballena”. Mientras miraba, realizaba anotaciones en el libro. De ninguna manera en lenguaje entendible, por supuesto, era algún tipo de inscripción taquigráfica.

Matilde estaba cerca de él, mientras realizaba algunas calibraciones en el telescopio principal, miraba con atención la actividad del monje. Éste lo percibió, pero no le escapó a la conversación:

-¿Conoces acerca de β Ceti?

-Deneb Kaitos, también conocida como Diphda, cuyo nombre en árabe significa la cola de la ballena del sur. -respondió rápidamente Matilde- Es 17 veces más grande que el sol, y está a 96 años luz. Es una gigante naranja, y es 146 veces más luminosa que nuestra estrella.

– Y tiene una particularidad muy interesante -acotó el monje- su camino hacia una gigante roja, parece haberse interrumpido, por alguna razón, pero eso en su aspecto exterior, internamente, el proceso parece continuar.

-Es usted muy conocedor del tema -acotó la mujer.

-Bueno, conozco bastante, de allí que me encomendaran esta tarea. Para esto, es necesario saber que buscar, y dónde hacerlo. Como usted puede ver, mi querida -dijo señalando al firmamento- la oferta es enorme.

-Ya lo creo -concluyó Matilde sonriendo.

-No quiero dejar pasar lo de la particularidad de esta estrella, no sé si usted se percató Matilde, me refiero a lo que le mencioné del proceso hacia una gigante roja.

-Sí, internamente me dijo que el proceso continúa.

-Exacto, el helio está migrando hacia el carbono en su interior, lo cual, la llevará indefectiblemente a un final predecible, dentro de quizás, varios cientos de millones de años. Pero aparenta otra cosa, si uno la mira a simple vista. Y aquí debo detenerme en una reflexión. Lo mismo sucede con algunas personas. Aparentar ser otra, no lleva a nada más allá que al mismo camino al que estamos predestinados. Con la diferencia que colocamos delante nuestro, una máscara que solo tiene por objetivo, engañar a los demás, pero nuestro interior, no puede ser cambiado. ¿Qué le parece a usted esto, Matilde?

-Pues, que nunca se me hubiese ocurrido semejante paralelismo con una simple estrella -sonrió.

-Bien, hay que mirar entonces con más atención al cielo, para encontrar algunas cosas que no son visibles a simple vista -devolviendo la sonrisa.

Esa fue la primera, de tantas reflexiones compartidas con Milton, que puntualmente, todas las tardes, un ratito antes de la caída del sol, llegaba montado a su caballo, y permanecía hasta las dos, o tres de la madrugada, cuando se despedía, y en plena oscuridad, desandaba el camino iniciado unas horas antes. La paz del paraje incitaba a este tipo de travesía solitaria y en la oscuridad.

Consultado Milton, en una oportunidad acerca de ello, solo respondió:

-¿Qué puede producirme el hecho de cabalgar en una total oscuridad? Pues nada mejor que beneplácito. Después de haber estado sumido durante horas en esto -señalando el pequeño telescopio- contemplando el universo, contemplando tan de cerca Su Creación, despejar la mente tras tal aluvión de información, purifica el espíritu. Nada inquietante puede haber allí afuera, porque este mundo, es una porción insignificante de aquello que está arriba. Ustedes hacen una tarea maravillosa. Están explorando la Creación propiamente dicha. Ustedes pueden llegar a inferir, en base a la foto que obtienen en este preciso momento, como se sucedieron las cosas, desde el principio de los tiempos. Ustedes pueden ver en el nacimiento de una estrella, como era el universo hace eones. Y pueden en base a ellos, conocer el camino hacia donde confluye. Eso es maravilloso. Él ha dejado todo allí, a la vista, para que cualquier entidad inteligente lo descubra. Y acá quiero hacer un alto. Un concepto muy importante: No hablo de Él, exclusivamente como el Supremo de la religión que practico. Para nada. Porque si no, los escépticos, quedarían fuera de la ecuación, y aquí estamos todos dentro del mismo universo. Entonces, tómalo a Él como una energía primaria, la Creadora de todo, de hecho, fue un destello de energía en donde el todo empezó, así, de esa manera, todos podemos entrar en la ecuación. Nadie queda afuera, y así podemos disfrutar de esta maravilla.

-Ahí me estoy perdiendo -acotó ahora Tomás, que estaba con Milton, el día de esta brillante revelación- ¿Donde entra Dios, o sea el Dios de su religión?

-En todo y en nada. Quita la religión de todo esto. O mejor dicho, déjala por un instante. Es el mismo Dios para todas las religiones, el Creador. Ahora quítala. Es solo una energía, la energía que creo el universo, toda esta maravilla. Es independiente de toda religión.

-¿Pero hay inteligencia allí? -acotó Tomás.

El monje hizo mutis por un instante, luego concluyó.

-Hay inteligencia. Pero ahí ya entramos en otro nivel de discusión.

Luego de ello, Tomás y su gente, empezaron a dudar que el monje Milton, sea realmente un monje católico. Empezaron a prestar más atención a otros detalles. Primero fue su vestimenta. Nada había en ella que los hicieran dudar, todo encajaba perfectamente. Pero esa manifestación respecto del Absoluto, los había dejado atónitos. Casi todos ellos eran católicos, alguno que otro agnóstico, pero lo cierto, era que las definiciones encuadraban en todos los perfiles.

Un buen día, al despedirse, siendo un poco más que las doce de la noche, Milton le dijo en esa oportunidad a Matilde, que era la que estaba de guardia ese día, que no regresaría hasta un par de días después del “Huayramuyo”.

Así, ante la mirada sorprendente de la joven, se subió a su caballo y se fue. Dos días después cayó “El Zonda” nuevamente, y toda la actividad volvió a interrumpirse.

Al volver tres días más tarde al observatorio, las tareas de limpieza, como era habitual en esos casos, demandaron una jornada y media, antes de poder volver a la actividad normal. Tal como lo prometió, el monje reapareció dos días después. Allí fue que Matilde, lo encaró sin mediar ningún tipo de advertencia.

-Milton, ¿Por qué mencionó usted al “Huayramuyo”? ¿Qué significa eso?

-Es una larga historia, trataré de contarle lo más breve y claro posible. Aquí, por estas quebradas donde nos encontramos, pasaba el Qhapaq Ñan. Para que se entienda mejor, el camino del Tahuantinsuyo, o camino del Inca. Existen varias leyendas al respecto, como no sabemos muy bien sus orígenes, debido a que se pierden en el tiempo, o son difíciles de comprobar, podemos tomarlas como tales, sino, serían certezas. Hay varios indicios que nos hacen saber que el Huayramuyo está por llegar. Hay que saber interpretar esos indicios. Son inequívocos, y es una habilidad que se aprende con el tiempo. De hecho, ustedes también la aprenderán y podrán tomar las precauciones.

-¿Creo entender Milton, que usted se refiere a El Zonda?

-Así se lo conoce en líneas generales. Pero El Zonda, no siempre viene acompañado del Huayramuyo.

-Ah, bien, ahí se me complicó todo -agregó Matilde con una sonrisa.

-Es mucho más profundo. A veces es solo viento, que baja desde las cumbres, seco, caluroso. Nace húmedo en el Pacífico, pero los Andes lo transforma en lo que conocemos, y algunas veces en algo mucho peor. Allí es cuando llega acompañado.

-¿Y cómo se da cuenta usted que viene acompañado?

-Simple intuición. Aunque, una vez que llegó, lo puede ver en la quebrada, danzando sobre sí mismo, levantando el polvo, creando turbulencias en forma de remolino. Cuando vea eso, pues bien, allí viene el Huayramuyo.

-Entiendo. ¿Y qué diferencia hay con ello?

El silencio de Milton ahora fue atroz. Luego se explayó.

-En que el Huayramuyo, indefectiblemente, en su paso, se va a llevar un alma.

Matilde quedó estupefacta. El monje, siguió con su trabajo. Al día siguiente, la mujer, un rato antes que llegara, no pudo dejar de comentar con sus compañeros, la situación vivida la noche anterior. Todos quedaron asombrados, sin comprender demasiado de que se trataba todo eso. Tomás sería quien se quedara esa noche, y decidió consultarle, para pedirle algún tipo de aclaración, ya que todos estaban algo aturdidos.

Fue así que el monje, hizo de la aclaración, un verdadero oficio:

-En los tiempos del Tahuantinsuyo, también, como es lógico pensar, el viento hacía de las suyas. Para un pueblo que vivía de sus cultivos, aquello podía significar un verdadero desastre. Por entonces, y en base a sus creencias, algunos iluminados tuvieron la idea de ofrecer sacrificios a su Dios, para apaciguar de esta manera algunos de los efectos devastadores, y aplacar la ira de esos dioses. El tributo debieron pagarlo algunos niños. Uno de ellos era ofrecido en sacrificio, cuando el temporal aparecía. Pues bien, ellos creían que de no haber sido por esas ofrendas, la situación hubiese sido mucho peor. La costumbre se mantuvo a través de los tiempos, pero un buen día, aquella civilización, como todos sabemos, desapareció. Pero el viento, ahora llamado Zonda, nunca entendió de conquistas y civilizaciones, por lo tanto, siguió presente en el tiempo. Según dicta la leyenda, algunas veces que aparece el temporal, aquellos dioses, que alguna vez fueron satisfechos con tales ofrendas, se sienten dolidos, porque ellas un buen día, desaparecieron. Entonces, simplemente, la toman, cuando tienen la necesidad de hacerlo. Esa es la historia del Huayramuyo. Dos veces apareció desde que estoy viniendo con ustedes a elaborar el catálogo. Vayan al pueblo, averigüen entre la gente, y sabrán que sucedió, durante su paso, en ese período. La información está allí, solo tienen que buscarla, y creer, o no, eso queda en cada uno.

-Usted cree entonces, ¿Verdad? –preguntó ahora Tomás sin dejar de salir de su asombro.

-Absolutamente. No es una cuestión de creencia. Le aseguro amigo, que es una certeza.

-El trabajo que usted está haciendo Milton, ¿Tiene algo que ver con eso?

-Pues no lo sé, es probable. Lo que se, es que el trabajo que estoy haciendo es un mandato. Solo me dedico a hacerlo. No pregunto, no es de mi incumbencia. Probablemente tampoco tendría respuesta en caso de preguntar. O si, no lo sé. Tampoco eso es importante. Lo importante es hacerlo, y el objetivo no lo conozco.

-¿Y ese libro que usted tiene, donde realiza las anotaciones en un idioma extraño?

-Es el catálogo. Y el idioma que usted no llega a reconocer, es el idioma que hablaban aquellos ancestros, los que dieron lugar a la leyenda. Aquí quedan guardadas todas las estrellas, para que quien pidió el trabajo sepa dónde está cada una de ellas, en caso de que algún día desaparezcan –concluyó el monje sonriendo.

Dos días después de esto, Milton les comunicó que el trabajo estaba casi terminado. Solo restaban un par de registros, que iban a ser concluidos en el día.

-Aquí estamos, casi terminando, esta es la última. La dejé para el final, porque es el plato fuerte –afirmó el monje.

-Es Achernar –afirmó Tomás, mirando el telescopio- bellísima estrella, y muy intrigante.

-Usted lo ha dicho, si bien cada una tiene alguna particularidad destacada, esta es muy especial.

-La constelación donde se encuentra también es muy especial, está íntimamente vinculada con otra vecina.

-Así es. Erídano, que se consideraba como un río que fluye con las aguas de Acuario. Aparte, es la mayor de todas las constelaciones, y su estrella principal, α Eridani, que no es otra que Achernar, tiene la particularidad de ser la estrella con mayor velocidad de rotación, de las conocidas hasta el día de hoy, eso la hace amigo Tomás ….

-… Ovalada, maravilloso. Su diámetro es un cincuenta por ciento mayor en el ecuador.

-Mírela Tomás –dijo Milton invitándolo a acercarse al telescopio- es preciosa.

-Azul, su nombre significa fin del río, está a 144 años luz, es mil veces más brillante que el sol, diez veces más grande, tres veces más caliente, y lo más sorprendente, es que da una vuelta completa sobre su eje, en solo 15 horas, lo que produce unas velocidades impresionantes, que precisamente, la hacen ovalada. Al verla así, nadie pensaría que forma parte de un sistema binario. Su compañera, es absolutamente eclipsada por esta maravilla.

-Exacto amigo, el fin del río, el final del trabajo, creo que hemos terminado.

-¿Lo invito un té antes de irse? – preguntó Tomás.

-Será un placer.

-¡Tomás! ¿Dónde estás? –gritó Matilde, entrando a la sala principal- ¿Dónde está el monje?

-Tranquila amiga, ¿Qué sucede? Fui a prepararle un té. Estaba aquí en la sala, hace dos minutos.

-Pues ya no está. Solo quedó su caballo. El libro tampoco está. –afirmó, intentando recobrar la calma- ¡Vení! – le dijo, mientras hacía señas para salir al exterior – Tenés que ver esto. No vas a poder creerlo.

Ahora, ambos salieron, bajo un apacible clima, en una noche absolutamente despejada, solo acompañada de una tenue brisa que bajaba de la cordillera. Así, en ese ambiente, fijaron la vista hacia el firmamento, mientras Tomás sonreía, pareciendo entenderlo todo.

-¿Quieres este té? – me sobra uno.

-¿De qué se trata todo esto –respondió la joven, tomando la taza- ¿Puedes entenderlo? ¿Dónde fue Milton?

-¿Milton? Pues, creo que ya no volveremos a verlo.

-¿Y esto? –señalando al cielo- ¿Lo entiendes?

-Absolutamente –mientras daba un sorbo a su té- lo que estás presenciando en este momento, no es nada más, ni nada menos, que una ofrenda. Como explicarte, es un intercambio. Algo así como cambiar almas, por estrellas. Contémplalo, disfrútalo, es un momento memorable.

Así, los dos, fueron testigos de aquél espectáculo inigualable, contemplando el firmamento, mientras las estrellas, de una, y lentamente, se iban apagando.

La última fue Achernar, aquella gigante azul, ovalada, bellísima. De allí en más, aunque el cielo esté despejado, cuando llega el Zonda, todo se detiene. Las ráfagas levantan el polvo circundante, en una danza de fuego, que hace honor al Huayramuyo. Todo queda oculto, bajo la sombra de las tinieblas. Todo. Hasta las estrellas.

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