I
Niño que de mi siembra naces, con tus brotes,
apabullando mi huerto de fino almendro,
mis manos horticultoras tejen tus dotes
como el mas dulce engendro.
–
Niño que del riego creces, y de la azada,
que no se entere la lluvia de tus cimientos,
pues su llanto entregaría desenfrenada
al campo polvoriento.
–
Niño que de la luna brillo y luz profanas,
que bebes de la umbría sangre de sus venas,
y buscas su perfume todas las mañanas
entre las azucenas.
–
Niño que de mi cuerpo, eres fruto tierno,
desparramando carmesí entre las rosas,
o bebiéndote la escarcha de algún invierno,
virtud maravillosa.
–
Naces de las hojas preciadas de mi planta,
miel de mi colmena, alondra libadora,
fertilizas la tierra, tierra que agiganta
mi vida horticultora.
–
II
Niño, crecerán tus heridas desde ahora
con tus cortos pasos descubrirás espinas
sabrás algo del sol, del trino y de la aurora
y de las golondrinas.
–
Sabrás de todo algo y poco en su medida
que el fuego de tu alma se concentra en el pecho
sabrás hacer entonces algo de tu vida,
mas nunca lo que has hecho.
–
Sabrás porqué el hombre, refugio misterioso,
te da una palabra, su ayuda o su mirada,
te entrega algo de si, su mano, su reposo
y luego no da nada.
–
Tu libre debes ser, como primer medida,
y dejar que otros sean lo que han elegido
pues siempre hay una sola, si hablamos de la vida,
el resto está perdido.
–
La libertad jamás debiera disputarse,
defiéndela con dientes, con armas, con fuego,
con todo lo que entonces pueda utilizarse,
mas nunca con tus ruegos.



