Espérame.
Porque el tiempo pasa entre nosotros,
porque la lluvia te acompaña,
porque todo lo que en sombras te imagines
ya no tendrá importancia.
Espérame.
Que la tarde ahoga la mañana
y las hojas de los árboles se estrechan
con el mismo viento en una danza
en el lapso de tiempo que me aguardas.
–
Y solo en un instante te das cuenta
que el tiempo no transcurre, se desplaza,
se eleva y se eleva y luego baja
hasta tocar el suelo con sus garras.
–
Espérame.
Pues con la sola luz de tu mirada
podré atrapar al tiempo con la palma
y jugar con él entre mis manos
y devolverlo, si es que entonces tengo ganas.
Espérame.
Ya no hay prisa, no hay apuro que te invada
el tiempo no transcurre entre nosotros,
a no ser que queramos que lo haga.
–
Entrégate.
Que el tiempo tirano ya no baila
que las horas, los minutos y segundos
enloquecen bajo el sol de tu mirada.
–
Alíviame.
Las heridas que el tiempo me ha aplicado,
con tus tiernas manos asombradas,
por el relieve cruel de su semblanza.
–
Alíviame.
Que los minutos me empujan nuevamente
en su prisión abstracta y temporaria
que ya no puedo contenerlos de por vida
que ya no puedo detenerlos y se escapan.
.
Cuantas cosas encierran los minutos.
El llegar a la vida o el dejarla
en ese mismo lapso crece todo
en ese mismo lapso todo acaba.
–
Un minuto.
Es el tiempo necesario para amarte
para entender porqué la sangre brama
para nacer o morir, es suficiente,
o también para soñar, con eso alcanza.
–
Un minuto.
Te pido me concedas,
para poder amarte sin medida
y amándote esperar que el tiempo pase
que llegue hasta el final de mi sendero
y luego, dulcemente que me mate.



