Espérame. Porque el tiempo pasa entre nosotros, porque la lluvia te acompaña, porque todo lo que en sombras te imagines ya no tendrá importancia. Espérame. Que la tarde ahoga la mañana y las hojas de los árboles se estrechan con el mismo viento en una danza en el lapso de tiempo que me aguardas. – Y solo en un instante te das cuenta que el tiempo no transcurre, se desplaza, se eleva y se eleva y luego baja hasta tocar el suelo con sus garras. – Espérame. Pues con la sola luz de tu mirada podré atrapar al tiempo con la palma y jugar con él entre mis manos y devolverlo, si es que entonces tengo ganas. Espérame. Ya no hay prisa, no hay apuro que te invada el tiempo no transcurre entre nosotros, a no ser que queramos que lo haga. – Entrégate. Que el tiempo tirano ya no baila que las horas, los minutos y segundos enloquecen bajo el sol de tu mirada. – Alíviame. Las heridas que el tiempo me ha aplicado, con tus tiernas manos asombradas, por el relieve cruel de su semblanza. – Alíviame. Que los minutos me empujan nuevamente en su prisión abstracta y temporaria que ya no puedo contenerlos de por vida que ya no puedo detenerlos y se escapan. . Cuantas cosas encierran los minutos. El llegar a la vida o el dejarla en ese mismo lapso crece todo en ese mismo lapso todo acaba. – Un minuto. Es el tiempo necesario para amarte para entender porqué la sangre brama para nacer o morir, es suficiente, o también para soñar, con eso alcanza. – Un minuto. Te pido me concedas, para poder amarte sin medida y amándote esperar que el tiempo pase que llegue hasta el final de mi sendero y luego, dulcemente que me mate.
Calingasta, San Juan
Historias del Huayramuyo Tinogasta Calingasta Tambillos Pinchas Vinchina Polvaredas Que solo me voy quedando, mi viejo tunal, oyendo cantar al río, para el carnaval. Me acompaña la esperanza, en la soledad cuando silba el huayramuyo Por el salitral. Mario Arnedo Gallo Antonio Rodriguez Villar Huayramuyo Proviene del término Huayra Muyoj, que en idioma quechua, significa viento, remolino. Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía. En los inicios … … los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz. Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión. Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay, manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto. Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco … … había nacido el Zonda. Calingasta San Juan El camino del Inca, recorre el valle de norte a sur por el borde occidental, siguiendo los faldeos de la Cordillera del Tigre, hasta el Río Mendoza, donde el antiguo camino se dirigía hacia el oeste, por las laderas y costa. En gran parte de su trayecto, la actual ruta se superpone con el legendario camino. La Cordillera del Tigre, una de las más preciosas estibaciones de la Cordillera de Los Andes, crea sorprendentes siluetas, y colores al atardecer, simulando cobijar al propio sol durante la noche, para devolverlo en un amanecer sublime, por sobre los Paramillos de Uspallata. –El autor. Bull observó a Pinto que estaba recostado junto a la sombra del chañar. Más allá, junto a la casa, Murphy también dormía. En un instante percibió que Pinto estaba despierto, entonces le dijo: -El amo está otra vez con la borrachera. -¿Cómo lo sabes? -respondió el otro perro. -Porque está delirando y diciendo estupideces, como la otra vez. -Bueno, eso es bastante habitual. No debiéramos preocuparnos demasiado –concluyó Pinto, rascándose detrás de la oreja. -¿Te dijo algo Murphy sobre que quería ir al pueblo? –preguntó Bull. -Ya me lo ha dicho varias veces. Le dije que si quería lo acompañaba. -¿Acompañarlo? Absurdo. Nuestro lugar es aquí. -Sí, pero ¿Cuánto más podremos estar aquí si éste –señalando hacia la casa- sigue emborrachándose de esta manera? -Pues no sé, pero con más razón, debemos cuidar de la casa. -Ya hablaremos luego –concluyó Pinto, echándose nuevamente en busca de otra siesta. A media tarde, el calor se hacía insoportable. La brisa que solía bajar de la cordillera, con la caída del sol, estaba aún lejana. Los perros seguían durmiendo bajo la sombra, sin absolutamente nada que interrumpiera su descanso. En la casa, mientras tanto, Don Francisco, el dueño, también se había volcado al descanso, casi obligado por el exceso de bebida. La siesta, era un refugio obligado bajo aquél escenario de verano. Era como la antesala necesaria de un soplo de alivio que baja desde la quebrada, al caer el sol. El frescor deseado, esperado por todos, que suele llegar a eso de las seis de la tarde. Para entonces, la curda casi había desaparecido. Al menos por un rato, por supuesto. Venía el tiempo de la comida. Pero no era algo seguro, dependía mucho de la cantidad de alcohol en el cuerpo de su amo. Aquél día tuvieron suerte. El momento llegaba cuando Don Francisco, caminaba pesadamente hacia el galpón, donde estaba el precioso alimento, y luego lo volcaba en dos viejos tachos de lata, que en algún otro tiempo, habían sido envase de un preciado dulce de batata. Después de la cena, ya cuando el sol había desaparecido detrás del cordón de Ansilta, tocaba la recorrida, y el chusmerío, con los otros habitantes de haciendas vecinas. Había un olivo muy grande, a unos cien metros de la casa, que se encontraba a medio camino de la finca vecina, donde Clay y Rico, los fieles guardianes de la casa de la familia Robles, se acercaban a caer la noche, para el obligado “intercambio” de ideas con sus vecinos. Tras la siesta y la cena, Murphy se adelantó a sus dos compañeros, que estaban terminando el banquete en sus respectivos tachos, para unirse a sus camaradas. -¿Cómo anda todo Clay, Rico, que cuentan? –preguntó Murphy– ¿Alguna novedad? -No demasiado, amigo –respondió Rico– salvo que escuchamos por allí que algo grande se está preparando en el pueblo.
Buenos Aires en cien palabras
Estos son cinco microrelatos, que describen fantásticamente, la ciudad que me vio nacer. Tienen la particularidad, que cada uno de ellos, tiene exactamente cien palabras. Una forma mágica de ilustrar, de manera simple, mi ciudad, su gente, y su fantasía. Café Margot Boedo Aquella tarde, luego de salir del Coto, el hombre, entró al café de Boedo y San Ignacio, atraído por los recuerdos colgados en las paredes. “Es un lugar mágico”, escuchó decir alguna vez, “te transporta en el tiempo”. Estuvo allí un rato, admirando cada foto. Luego, pagó su café, y sin distraer la atención del lugar, salió a la calle. El asfalto, ahora vuelto empedrado, lo volvió a la nueva realidad. Con su pulso desenfrenado contempló atónito al tranvía doblando hacia San Juan. Tomó un diario del puesto cercano, y se paralizó al ver la fecha: Agosto 15 de 1933. Los fantasmas del Cine Plaza San Nicolás, centro Ya entrada la noche, Raquel, fue a retirar su auto, al Plaza Valet Parking, a media cuadra del Obelisco. Subió al segundo nivel y un murmullo llamó su atención. Estaba por encender el auto, cuando aquel murmullo, se convirtió en fuerte aplauso. ¿Qué está pasando aquí? De inmediato, arrancó el motor, y sin perder tiempo, llegó hasta la salida, clavándole la vista al empleado. Señor, ¿Usted escuchó algo? El hombre sonrió. Luego se explayó: No se asuste, algunas veces sucede. Este lugar, hace tiempo, fue un cine. Parece que a ese “algo” no le gustó, que se convirtiera en estacionamiento. Perdida Chacarita Cinco y media. El cuidador cerró el portón principal, sobre la esquina de Guzmán y Federico Lacroze, cuando escuchó el llamado de una señora, por detrás. -Señor, estaba con mi marido, y lo perdí. ¿Me ayudaría a buscarlo? -Si señora. ¿Dónde lo vio por última vez? -Allá – dijo, señalando hacia las galerías. -Acompáñeme, debemos apurarnos, es hora de cerrar. En ese momento, a lo lejos, aparece un hombre, haciendo señas. -Apúrate Delia, que están cerrando. Ella corrió a su lado, lo tomó de la mano, y ante la mirada perpleja del portero, ambas figuras se desvanecieron frente a una sepultura. El último día de “La bruja” Almagro Fue el 8 de enero de 2013. Subí a la formación en la estación Castro Barros. Era el último día de los coches de La Brugeoise. Allí había un hombre sentado, a mitad de vagón, bajo la tenue luz, de aspecto desgarbado. Lo miré fijo, en silencio, solo quebrado por el rechinar de la madera, debido al movimiento del tren. Llegando a mi destino, caminé hacia él, buscando la puerta. La débil luz, dejó ver la silueta de una lágrima cayendo por su mejilla. Tras descender, di media vuelta, antes que el tren arrancara, pudiendo apreciar un vagón completamente vacío. Golpe certero San Nicolás, centro Camino por Corrientes. Es sábado a la noche. Nunca duerme, dicen. Pues, parece ser cierto. Primero veo una calle, que de angosta, se hace ancha, al pasar frente a la Parroquia de San Nicolás. Luego, me llega una imagen de algo que están construyendo, allí, donde estaba la iglesia, en el sitio preciso donde una inmensa avenida, fluye hacia ambos lados. Pero es solo un sueño, sigo caminando, hacia el río. Escucho una campana, y el griterío me despierta. Ahora, abro los ojos, tendido sobre la lona. Estoy en el Luna Park, me pusieron a dormir, pero que hermoso sueño.