(Una historia de amor y fantasía) “Rua, espada nua, boia no céu imensa e amarela, tão redonda a lua, como flutua. Vem navegando o azul do firmamento, e no silêncio lento, um trovador, cheio de estrelas, escuta agora a canção que eu fiz. Pra te esquecer, Luiza, eu sou apenas um pobre amador apaixonado, um aprendiz do teu amor. Acorda amor, que eu sei que embaixo desta neve mora um coração.” Antonio Carlos Jobim El Tocantins no es un río. El Tocantins es un demonio. Para el que diga que es un río, es porque nunca ha estado allí. Esta historia empieza muy cerca de Palmas, en pleno corazón del Tocantins. Pero quién iba a pensar, que, por aquel entonces, el simple hecho de poder llegar a Palmas, iba a ser la mayor de las bendiciones. Pues bien, no hay nada más cierto que eso. Pero vayamos a ver qué es lo que sucedió. El protagonista de esta historia fue un joven, que según dice el relato, que llegó a mis oídos hace algunos años, se llamaba Joao. Pero no estoy muy seguro. No obstante, lo llamaremos así. Sucedió a fines de los años noventa, casi entrando al nuevo siglo. Luego de analizar algunas situaciones, podemos inferir que podría haber sido en cualquier época, porque ese lugar, donde acontecieron los hechos, no ha cambiado prácticamente en décadas. En fin, vayamos a lo cierto. Aquel verano, llegó Joao a Palmas, la ciudad capital del estado de Tocantins, que recibe el nombre del gran río, que atraviesa todo el corazón de Brasil, para verter sus aguas en el Océano Atlántico. Contrariamente a lo que se piensa, el Tocantins, tiene espíritu propio. ¿Qué significa esto? Que no es un afluente del Amazonas, como muchos piensan, debido a que sus desembocaduras, están muy próximas. Palmas se encuentra aproximadamente en el curso medio del Tocantins, donde las distancias son enormes. Joao, un joven de unos 25 años, moreno, con toda la fortaleza que uno se pueda imaginar, llegó a Palmas luego de un viaje en ómnibus de más de dos días, desde su natal Serrinha, muy cerca de Salvador de Bahía. Llegó por referencia de un conocido, quien le había manifestado que buscaban peones para un importante trabajo de plantaciones, cerca de Palmas, e inclusive en Ilha do Bananal, sobre una de las márgenes del Araguaia, otro de los grandes ríos de la selva Brasileña. El joven llegó aquel día, prácticamente con lo puesto. Un pequeño bolso, y no más de cien reales en el bolsillo, que le alcanzarían para unos pocos días, siendo bastante optimistas. Después de bajar del ómnibus, se dirigió hacia la oficina municipal, donde preguntó acerca de trabajo. Allí estuvo esperando un buen rato, hasta que finalmente, un empleado, luego de interiorizarse acerca de las pretensiones del joven, le dijo que conocía una fazenda cercana, donde siempre empleaban gente para distintos trabajos. -El dueño es Don Danilo, un terrateniente de la zona. Es propietario de la mayor parte de los terrenos de los alrededores. Conozco quién lo puede acercar hasta allí. Queda a unos veinte kilómetros, del otro lado del río, sobre la ruta principal. Fue entonces que Joao se contactó con un distribuidor de la zona, que realizaba traslado de mercaderías, y que habitualmente realizaba tareas para Don Danilo. Solo tuvo que esperar un par de horas, hasta que finalmente, se subió a la camioneta del transportista, que puso camino de inmediato hacia la Fazenda. La ciudad de Palmas, es uno de los principales centros urbanos del centro de Brasil. Se encuentra en una de las márgenes del Tocantins, el señor de los ríos, que, en ese sitio, tiene casi tres kilómetros de ancho. Por aquel entonces, la construcción del gran puente, estaba en sus comienzos, por lo tanto, para atravesarlo, había que recurrir a la balsa. El cruce, demandaba aproximadamente una hora, desde el ingreso a la balsa, hasta la salida del otro lado, en la localidad de Luzimangues, un centro urbano bastante más pequeño que Palmas, pero importante, con todos los servicios necesarios, que posibilitan prescindir del cruce hacia la gran ciudad, para obtener lo que uno necesite. Ya del otro lado, siguieron la marcha por la ruta, a lo largo de unos veinte, a treinta kilómetros, donde un camino adyacente, emergía hacia la derecha, de base natural, pero muy bien conservado. Tras unos cinco kilómetros por esa ruta, llegaron finalmente a la fazenda. Joao se presentó como peón, ante Don Danilo, que no pronunció palabra, mientras escuchaba el relato curricular del joven. Luego, muy amablemente, le dijo que, si bien no estaba necesitando gente por el momento, podría emplearlo durante unos días, aunque, si tenía una propuesta interesante, que era mucho más tentadora económicamente, en otra fazenda de su propiedad. El tema era que dicha estancia, era bastante más alejada, en pleno corazón de la Ilha do Bananal, en un sitio llamado Centro de pesquisa Canguruçu, un sitio de descanso ubicado en el área más remota que cualquier viviente se pudiese imaginar. -Es un sitio de descanso, una fazenda muy grande, que siempre necesita trabajo de mantenimiento. No tengo mucha gente que quiera ir a ese lugar, por lo alejado, de allí que la paga es muy buena, si usted está de acuerdo … Lógicamente, Joao aceptó con muchísimo gusto. Tres días más tarde, uno de los capataces, lo llevó en camioneta, hasta el lugar, tras recorrer unos trescientos kilómetros, sobre un camino que intercalaba asfalto, con base natural, con solo selva a ambos márgenes, y algunos descampados que empezaban a hacerse visibles, resultado de la deforestación que estaba, por entonces, en pleno apogeo. La fazenda de Canguruçu, era un sitio agradable, en medio de un infierno de verde, calor, humedad, y sol abrazador. Recostada sobre el río Javaés, uno de los límites de la “Ilha do Bananal”, y afluente del Araguaia, era un sitio de descanso ideal, alejado de todo conglomerado humano. La tarea de Joao, junto con otros dos peones, era la de mantener
El coleccionista de cuentos
Los garbanzos de Victor Ostrowski
Una historia de montaña El silencio nocturno cubrió con su manto el campamento dormido. Me di por vencido. Con un furioso puntapié volqué el contenido de la olla en el fuego que se extinguió, mientras le decía a Adam: Oime Adamcito, apunta en tu diario que los garbanzos argentinos no son garbanzos, son municiones. Ya lo apunté, respondió Adam, mientras me mostraba el diario que decía: Hace dos días que Victor está hirviendo garbanzos a tres mil metros, naturalmente sin resultados. Las experiencias realizadas por uno mismo son las más valiosas» – Más alto que los Cóndores, Ing. Victor Ostrowski, Albatros, 1954. Hace unos días cociné garbanzos. Esa fue en realidad la intención inicial, la frase más precisa sería “hace unos días intenté cocinar garbanzos”. El garbanzo es una de esas legumbres, alimento -si se quiere- más crueles que existe dentro de la dieta humana. Es infinitamente más criminal que la alubia. De hecho, la alubia es mucho más domesticable. La alubia, sucumbe indefectiblemente en no más de dos, o digamos tres, en el peor de los casos, horas de hervor. El garbanzo no. Pero hay algo mucho mas siniestro. El garbanzo es traicionero. Porque lo ves, allí, en una olla burbujeante, tan pequeño, débil e inocente, y pensas que es el producto más dócil al paladar que pueda existir. Tan lejos de la realidad. Y digo que es traicionero por eso mismo. Su imagen, su silueta tan amigable, despierta en uno la idea que estás lidiando con un producto, que en definitiva no va a causarte problemas. Distinto por ejemplo al chile picante. Ahí ya sabes que la cosa, desde el mismo momento en que le pegás el mordiscón, se puede llegar a hacer incontrolable. O sea, el chile no traiciona, muestra su perfil siniestro desde el vamos. El garbanzo no. Podes dejarlo en remojo veinticuatro horas antes, y cocinarlo por horas. Todo va a depender de la vida que haya tenido, ese garbanzo en particular. ¿Porqué digo esto? Porque después de cocinarlo una, dos o tres horas, puede salir tierno, o -para el caso que nos toca- terminar siendo un perdigón insoslayable. Con el garbanzo una persona se encuentra indefectiblemente sometida a su voluntad, y es un simple pasajero de sus caprichos. Es más, seguramente ese garbanzo en particular pudo haber sido maltratado en la planta, desde chico, de allí su cruel venganza. Aquel día me propuse hacer un guiso. Llevaba carne, vegetales, pimentón español ahumado (del bueno), ají molido, panceta (tocino para algunos países) y mondongo -callos en España- entre otras cosas. Era un típico “callos a la gallega”. Hasta aquí todo bien. Luego de cocinar durante aproximadamente una hora, llegó el turno de los garbanzos. No lo puse desde un comienzo, porque estaban remojados y -supuestamente- tiernos, según indicaba la lata en que venían envasados. Y precisamente, los compré en lata, porque ya conozco de antemano el capricho del garbanzo, y quería eliminar todo tipo de incidente derivado del tema en cuestión que estamos tratando. El guisado estuvo, luego de agregados los garbanzos, una hora y media más, con lo cual, llevábamos en total, dos horas y media. La carne se deshacía sutilmente en el paladar. El garbanzo no. Llegaba la hora de la cena, y al garbanzo le faltaba. Entonces le di media hora más, como para asegurar el éxito final. Sumábamos entonces tres horas -dos para el garbanzo previamente remojado- y el tipo ni se inmutaba. Ya, para entonces, empecé a temer por la salud del resto de los ingredientes, por el exceso de tiempo. Así que decidí retrasar la cena otra media hora, no más que eso, luego de la cual, todos los ingredientes aún, aunque a duras penas, seguían conservando su fisonomía, e inclusive se habían convertido en preciosos manjares. El garbanzo no. Comimos el guisado, lo sorprendente fue ver al final de la comida, a un grupo innumerable de garbanzos, que adquiriendo vida propia, se había revelado en cada uno de los platos, y resistido hábilmente a ser devorados. Al día siguiente recalentamos el guisado por media hora, y nada cambió. Finalmente los garbanzos volaron por los aires, en un gesto que me llevó noventa años atrás en una escena memorable, acontecida por entonces, allá, en plena Cordillera de la Ramada, y la imagen del puntapié de Victor Ostrowski, me vino inmediatamente a la memoria. “Pasada la medianoche, cedí al merecido descanso, pero a la mañana muy temprano antes de amanecer proseguí con la cocción. Quería servirlos en el desayuno. Mis compañeros no se cuidaron en sus expresiones desaprobatorias. Finalmente, el desayuno estuvo compuesto de conservas frías y café. Luego, cuando las mulas ya estaban cargadas, y mientras yo seguía hirviendo los garbanzos, no me di por vencido. Volqué el agua y coloqué la olla con garbanzos a medio cocer sobre mi montura, llevándola todo el día” Pero lo más curioso de todo, es que yo no estaba a tres mil metros de altura, como relata Victor. De ninguna manera. Estoy en Buenos Aires, a no más de treinta metros. Casi diríamos, a nivel del mar. “Al acampar en la tarde volví a colocar los garbanzos en agua y al fuego. Mis colegas se sublevaron. Adam se puso a preparar la cena lanzándome furibundas miradas. Yo, impasible, proseguía. El silencio nocturno cubrió con su manto el campamento dormido. Me di por vencido. Con un furioso puntapié volqué el contenido de la olla en el fuego que se extinguió” Fue así que, en ese preciso momento, surgió la necesidad de construir este relato, basado en la historia fantástica de los polacos en aquella gesta maravillosa del año 34, y profundizar aún más en el tema de la cocción por -digamos- encima de los tres mil metros. Hay historia eh, vamos a ella. Aquí vamos a hacer un pequeño alto, antes de comenzar. Puede que tu seas un lector de montaña, con lo cual, no necesitas explicación del caso, ya lo conoces muy bien. Pero para algún lector desprevenido, que no esté
La locura
La locura La vi por la calle con anteojos oscuros con la mirada perdida hacia lo lejos comiendo unos higos bien jugosos maduros mirándose al espejo. – El espejo refleja esa imagen absurda de ropa manchada con la pulpa del higo la imagen que muestra de manera muy burda todo esto que digo. – Se queda esperando que el espejo responda y le cuente el dulzor de los higos comidos mientras busca en su bolso esa forma redonda de sus ojos dormidos. – Así entonces encuentra al espejo que dice que en el bolso quizás pueda haber un encargo que lo lea y que luego también analice el salir del letargo. – Ella solo sonríe y se va caminando y se quita el anteojo y se pone un abrigo mete mano en el bolso tal vez suplicando encontrar otro higo. –
Pinchas, La Rioja
Historias del Huayramuyo Tinogasta Calingasta Tambillos Pinchas Vinchina Polvaredas Que solo me voy quedando, mi viejo tunal, oyendo cantar al río, para el carnaval. Me acompaña la esperanza, en la soledad cuando silba el huayramuyo Por el salitral. Mario Arnedo Gallo Antonio Rodriguez Villar Huayramuyo Proviene del término Huayra Muyoj, que en idioma quechua, significa viento, remolino. Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía. En los inicios … … los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz. Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión. Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay, manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto. Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco … … había nacido el Zonda. Pinchas, La Rioja “Vengan pastores del campo, que el Rey de los reyes, ha nacido ya. Vengan antes que amanezca, que ya apunta el día, Y la noche se va. Albahaca y cedrón, tomillo y laurel, que el niño se duerme, al amanecer. Lleguen de Pinchas y Chuquis, de Aminga y San Pedro, de Araujo y Pomar. Antes que nadie lo adore, quesillos y flores, le van a llevar.” (Los Pastores, Chaya riojana por Félix Luna y Ariel Ramírez) Todas las noches, a partir de las ocho, cuando el sol ya se había escondido por detrás de los cerros, la posada despertaba. Pero los viernes, inclusive sábados, eran días especiales, porque el clima se animaba. Era uno de los pocos sitios de Pinchas, en pleno corazón de la costa riojana, donde la música se hacía escuchar hacia los cuatro puntos cardinales. Pongámonos un poco en clima. Pinchas, un pueblito muy pequeño y pintoresco, en pleno corazón de la ruta que une la ciudad de La Rioja con Aimogasta, está situado en la región conocida como “la costa riojana”. Y eso no es precisamente porque se encuentre sobre algún curso de agua, o mar. No, absolutamente nada que ver. El nombre de la región se debe a que se encuentra a lo largo del Cordón de Velasco, costeando la cadena montañosa por excelencia, de aquella provincia argentina. Junto con el Cordón de Famatina, y la Cordillera de los Andes, estas cumbres conforman la columna vertebral, de una provincia, rica en amaneceres, anocheceres, historias, chaya, y poesía. Y esa música y poesía despertaba con el anochecer. Era el sitio elegido para la distención, alguna comida típica, asado, un guisado, alguna empanada, un vino casero, y mucha chaya. Aquel día, a eso de las nueve de la noche, el sitio se empezó a animar. Generalmente se armaba un ambiente muy tranquilo, con comidas, música suave, y el show, que arrancaba a eso de las veintidós. Quizás para la hora de la música, el lugar se llenaba un poquito más. Bueno, ese viernes, no fue la excepción. La gente iba llegando, pedía alguna comida, y se acomodaba para disfrutar del espectáculo. En un momento, ingresó una pareja, de mediana edad, quizás rondando los cuarenta y pico de años. Se acomodó en una de las mesas, y casi como que pasaron desapercibidos para la mayoría, pero no para el dueño del local, un hombre de unos cincuenta y tantos años, que se sorprendió por la vestimenta de ambos comensales. Se quedó un rato mirando, mientras la música empezaba a tomar color. En un momento, le hizo señas a la camarera que atendía aquel sector del salón, para que los atendiera. Rápidamente acudió a ellos, y volvió con el pedido: unas empanadas, y vino blanco. Lo que sorprendió al dueño, fue la vestimenta, como dije antes. El hombre, con un saco, con los puños arremangados, vistiendo una camisa blanca y un pequeño sombrero. La mujer, con un vestido de aspecto bastante rústico, con algunas guardas coloridas, y cabello oscuro, muy largo y laceo. ¿Pero qué era lo sorprendente en todo esto, que llamó la atención al dueño? Que nunca los había visto. En un pueblo tan pequeño, todos se conocen. Paradógicamente, no vio que llegaran en ningún auto. De hecho, los mismos autos ya conocidos, estaban en la puerta del local. En fin, la noche siguió su curso. Ambos personajes parecían divertirse con la música, y claramente se veía, que estaban pasando una
Tambillos, Mendoza
Historias del Huayramuyo Tinogasta Calingasta Tambillos Pinchas Vinchina Polvaredas Que solo me voy quedando, mi viejo tunal, oyendo cantar al río, para el carnaval. Me acompaña la esperanza, en la soledad cuando silba el huayramuyo Por el salitral. Mario Arnedo Gallo Antonio Rodriguez Villar Huayramuyo Proviene del término Huayra Muyoj, que en idioma quechua, significa viento, remolino. Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía. En los inicios … … los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz. Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión. Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay, manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto. Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco … … había nacido el Zonda. Tambillos, Mendoza Sobre el valle de Uspallata, en esta noche de junio, un obsesor plenilunio su cabellera desata. Mi alma no sabe decir frente a tanta maravilla, si es la nieve la que brilla o es el celeste zafir. ¡Oh roja luna serrana! ¡Oh valle dulce y profundo! ¡Todo el silencio del mundo se ha dormido en mi ventana! Alfredo Bufano, 1928 – (Nieve y Luna) Esta es la historia de una pareja de escaladores, que un buen día, les tocó vivir un suceso sorprendente, que los dejó helados, al menos eso es lo que me contaron, ya que esta historia, fue pasando de boca en boca, desde hace ya unos treinta años, hasta nuestros días. Todo comenzó en el paraje de San Alberto, en Uspallata, provincia de Mendoza. Un precioso sitio, a unos diez kilómetros, quizás un poco más de la localidad de Uspallata, en pleno corazón del valle, que se encuentra recostado junto a la impresionante Cordillera del Tigre, una de las estibaciones de Los Andes. Aquel día, Franco y Maria, llegaron a San Alberto, con la intención de escalar el Cerro del Tambillo, que es la cumbre destacada del Cordón del Tigre, o Cordillera del Tigre, como se la conoce habitualmente. Dicho cordón, corre paralelo al valle, entre Uspallata y el límite con la provincia de San Juan, en un sitio maravilloso, donde el Cerro del Tambillo, se destaca entre todas las montañas de la región. A la mañana temprano, emprendieron el camino, desde San Alberto, tomando por la quebrada que lleva hacia la Cascada de Piedras Negras. La cascada, una caída por sobre el arroyo El Tambillo, es un buen punto para acampar, y pasar la noche, antes de emprender el camino hacia la montaña. Allí se establecieron, casi sobre el crepúsculo. Encendieron una fogata, armaron la tienda, y luego de una ligera cena, se dispusieron a pasar la noche. La idea era avanzar a primera hora, hasta un punto en la base del cerro, para intentar al siguiente día, el ascenso a la cumbre, con regreso al mismo punto. Todo sucedió en ese sentido. A la mañana siguiente, siguieron el curso del arroyo, por aproximadamente un kilómetro, y allí, giraron hacia la izquierda, en busca del camino de la vieja morrena que desciende de la cumbre principal. Unos tres kilómetros delante, llegaron a la base de la montaña, ya al mediodía, con lo cual, había tiempo para avanzar un poco más, por sobre la pendiente, y buscar un punto algo más alto para acampar. Eso fue lo que hicieron. Estimaron desde allí, que, al día siguiente, podían realizar el intento, con regreso al mismo punto, en no más de diez horas. Llegado el momento, al otro día, emprendieron la marcha a eso de las ocho de la mañana, lo que les posibilitaría retornar al punto de inicio, para las seis de la tarde, si todo iba según lo planeado. El día se presentaba absolutamente soleado, y no había nubes visibles a simple vista. Al comenzar el ascenso, todo se hizo relativamente fácil. No es una montaña de gran dificultad, y ambos escaladores tenían una importante experiencia, aunque no eran lo que se puede decir, grandes expertos. No obstante, estaban bien capacitados para la aventura. A las dos de la tarde, con un poco de retraso, alcanzaron la cumbre de 5680 metros, desde donde contemplaron la magnificencia del paisaje, en trescientos sesenta grados. Fue allí, en ese instante, ya cuando se disponían a
Los puentes vivientes de Meghalaya
La historia de Danielle se inicia una tarde en uno de los suburbios de Bombay. En aquellos tiempos, médica recién recibida en la Universidad de Paris, no tuvo mejor idea que alistarse como voluntaria para servicios comunitarios en países del tercer mundo. Lo que menos imaginó, es que terminaría realizando esa tarea en la India. Fueron dos años durísimos, mediando con todo tipo de enfermedades y miseria. El médico que presta este tipo de servicio, sabe a qué se enfrenta, y el caso de Danielle no era la excepción. Aquél día volvía de prestar servicio en el Bombay Hospital & Medical Research Centre, luego de más de diez horas de trabajo. Generalmente tomaba un taxi desde el centro hasta su casa, ubicada en las afueras de la ciudad. No fue en este caso la excepción. Algo cansada, no se percató que en un momento el taxista había tomado un camino distinto. No conocía mucho la ciudad, más que el recorrido entre el hospital y su departamento. Cuando se dio cuenta, comenzó a inquietarse, porque sin lugar a ningún tipo de dudas, ese no era el camino correcto. Intentó vanamente hacerle saber al conductor que no estaba yendo hacia donde ella le había indicado. Éste se hacía el desentendido, hasta que finalmente llegó a un edificio y directamente ingresó el automóvil en un garaje cubierto, tras lo cual, vio como las puertas del edificio se cerraban y dentro del auto, quedaban sumidos en la más profunda oscuridad. Habrán pasado dos o tres minutos, que parecieron una eternidad, hasta que las luces se encendieron. Allí, el taxista bajó del auto y directamente se retiró del lugar. Dos personas, de fisonomía oriental, un hombre y una mujer, acompañados de dos hombres que indudablemente eran indúes, se le acercaron y le dijeron que bajara del auto. Ella aterrorizada descendió y entonces la mujer se le acercó, la revisó y en un rudimentario inglés le dijo que no intentara nada, que a partir de ese momento ella iba a tener que hacer lo que ellos le dijeran. La condujeron hacia una habitación contigua y allí le dijeron que debía cambiarse de ropa. La obligaron luego a beber un vaso de algo que parecía jugo de naranja. Y eso fue lo último que recordó para ese entonces. El líquido contenía alguna sustancia que la sumió en una profunda somnolencia. Entre sueños Danielle, pudo recordar algunas cosas. Se vio sentada dentro de un auto y recorrer un trayecto largo, siempre acompañada de varias personas, entre las cuales solo pudo identificar a la mujer oriental. Cuando recordó la conciencia plenamente era de noche. Estaba en una habitación, recostada en una cama. Una luz de un velador era la única iluminación. En un extremo del cuarto, la misma mujer oriental estaba sentada en una silla mirándola fijamente sin despegar un solo instante la mirada. Al comprobar que Danielle ya no estaba bajo los efectos del narcótico, entonces habló. Le dijo que no iban a hacerle daño, que tenía que estar tranquila y que no tenía sentido que opusiera resistencia. Ellos eran un grupo de personas que tenían algunos temas pendientes con el gobierno francés, y que ella iba a ser utilizada como objeto de intercambio. Ya no volvería a Bombay y que estaban por emprender un largo viaje por ruta que los llevaría hasta el otro extremo de la India donde permanecería en cautiverio hasta tanto se pactara el mencionado intercambio. Al día siguiente, aún de madrugada, la despertaron y rápidamente partieron en un automóvil tomando una ruta con destino desconocido. Fue un viaje de todo el día, donde solo se detuvieron un par de veces para recargar combustible. Danielle sintió entonces hambre y le dieron un sándwich con una botella de agua. Esto se repitió cada vez que ella lo solicitaba. De la misma manera, cuando tenía necesidad de ir al baño, de inmediato se detenían y cumplían con su solicitud. Luego de dos días de viaje, llegaron a un lugar que parecía estar próximo al destino final. La geografía había cambiado. Se divisaban montañas y un verde exuberante inundaba el ambiente ya de por sí, caluroso y extremadamente húmedo. Arribaron a un pueblo, en apariencia no era una localidad importante. Allí uno de los hombres descendió del vehículo y luego de decir algunas cosas que Danielle nunca comprendió, ya que solo se manejaba con su francés e inglés, volvió a subir al auto y tomó una nueva ruta. Esta vez era un camino de tierra, el cual recorrieron por aproximadamente una hora, hasta llegar a un paraje en medio de una inexpugnable selva. Descendieron todos del vehículo y de inmediato abordaron una camioneta. Era un vehículo viejo, con un compartimento trasero todo cubierto con un toldo donde colocaron a Danielle, siempre acompañada por la mujer oriental. El resto de las personas podía cambiar, pero esta mujer no se separaba de ella. Indudablemente era la única interlocutora potable para entablar diálogo con la cautiva. Ahora el viaje se extendió durante todo el día. El movimiento de la camioneta era muy intenso, no había dudas que estaban atravesando un camino secundario, si es que había camino, ya que no podía ver absolutamente nada debido a la cobertura del vehículo, indudablemente, esa era la intención. Solo se veía el reflejo exterior, hasta que este no se pudo divisar más, con lo cual presumió que la noche había llegado. Varias veces durante el trayecto Danielle pidió a su dama de compañía detenerse, pero siempre obtuvo negativa. En determinado momento, ya habiendo perdido la noción del tiempo, la camioneta se detiene. La hacen bajar y entonces puede ver que está en un paraje junto a un río. No había allí edificaciones, así que pensó que no estaba en un poblado específico, sino que podía estar en medio de la nada. La subieron de inmediato a una embarcación y sin perder tiempo partieron por el río con algún otro destino incierto. El río era navegable pero indudablemente no era una corriente muy
El huerto
I Niño que de mi siembra naces, con tus brotes, apabullando mi huerto de fino almendro, mis manos horticultoras tejen tus dotes como el mas dulce engendro. – Niño que del riego creces, y de la azada, que no se entere la lluvia de tus cimientos, pues su llanto entregaría desenfrenada al campo polvoriento. – Niño que de la luna brillo y luz profanas, que bebes de la umbría sangre de sus venas, y buscas su perfume todas las mañanas entre las azucenas. – Niño que de mi cuerpo, eres fruto tierno, desparramando carmesí entre las rosas, o bebiéndote la escarcha de algún invierno, virtud maravillosa. – Naces de las hojas preciadas de mi planta, miel de mi colmena, alondra libadora, fertilizas la tierra, tierra que agiganta mi vida horticultora. – II Niño, crecerán tus heridas desde ahora con tus cortos pasos descubrirás espinas sabrás algo del sol, del trino y de la aurora y de las golondrinas. – Sabrás de todo algo y poco en su medida que el fuego de tu alma se concentra en el pecho sabrás hacer entonces algo de tu vida, mas nunca lo que has hecho. – Sabrás porqué el hombre, refugio misterioso, te da una palabra, su ayuda o su mirada, te entrega algo de si, su mano, su reposo y luego no da nada. – Tu libre debes ser, como primer medida, y dejar que otros sean lo que han elegido pues siempre hay una sola, si hablamos de la vida, el resto está perdido. – La libertad jamás debiera disputarse, defiéndela con dientes, con armas, con fuego, con todo lo que entonces pueda utilizarse, mas nunca con tus ruegos.