Historias del Huayramuyo Tinogasta Calingasta Tambillos Pinchas Vinchina Polvaredas Que solo me voy quedando, mi viejo tunal, oyendo cantar al río, para el carnaval. Me acompaña la esperanza, en la soledad cuando silba el huayramuyo Por el salitral. Mario Arnedo Gallo Antonio Rodriguez Villar Huayramuyo Proviene del término Huayra Muyoj, que en idioma quechua, significa viento, remolino. Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía. En los inicios … … los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz. Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión. Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay, manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto. Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco … … había nacido el Zonda. Tambillos, Mendoza Sobre el valle de Uspallata, en esta noche de junio, un obsesor plenilunio su cabellera desata. Mi alma no sabe decir frente a tanta maravilla, si es la nieve la que brilla o es el celeste zafir. ¡Oh roja luna serrana! ¡Oh valle dulce y profundo! ¡Todo el silencio del mundo se ha dormido en mi ventana! Alfredo Bufano, 1928 – (Nieve y Luna) Esta es la historia de una pareja de escaladores, que un buen día, les tocó vivir un suceso sorprendente, que los dejó helados, al menos eso es lo que me contaron, ya que esta historia, fue pasando de boca en boca, desde hace ya unos treinta años, hasta nuestros días. Todo comenzó en el paraje de San Alberto, en Uspallata, provincia de Mendoza. Un precioso sitio, a unos diez kilómetros, quizás un poco más de la localidad de Uspallata, en pleno corazón del valle, que se encuentra recostado junto a la impresionante Cordillera del Tigre, una de las estibaciones de Los Andes. Aquel día, Franco y Maria, llegaron a San Alberto, con la intención de escalar el Cerro del Tambillo, que es la cumbre destacada del Cordón del Tigre, o Cordillera del Tigre, como se la conoce habitualmente. Dicho cordón, corre paralelo al valle, entre Uspallata y el límite con la provincia de San Juan, en un sitio maravilloso, donde el Cerro del Tambillo, se destaca entre todas las montañas de la región. A la mañana temprano, emprendieron el camino, desde San Alberto, tomando por la quebrada que lleva hacia la Cascada de Piedras Negras. La cascada, una caída por sobre el arroyo El Tambillo, es un buen punto para acampar, y pasar la noche, antes de emprender el camino hacia la montaña. Allí se establecieron, casi sobre el crepúsculo. Encendieron una fogata, armaron la tienda, y luego de una ligera cena, se dispusieron a pasar la noche. La idea era avanzar a primera hora, hasta un punto en la base del cerro, para intentar al siguiente día, el ascenso a la cumbre, con regreso al mismo punto. Todo sucedió en ese sentido. A la mañana siguiente, siguieron el curso del arroyo, por aproximadamente un kilómetro, y allí, giraron hacia la izquierda, en busca del camino de la vieja morrena que desciende de la cumbre principal. Unos tres kilómetros delante, llegaron a la base de la montaña, ya al mediodía, con lo cual, había tiempo para avanzar un poco más, por sobre la pendiente, y buscar un punto algo más alto para acampar. Eso fue lo que hicieron. Estimaron desde allí, que, al día siguiente, podían realizar el intento, con regreso al mismo punto, en no más de diez horas. Llegado el momento, al otro día, emprendieron la marcha a eso de las ocho de la mañana, lo que les posibilitaría retornar al punto de inicio, para las seis de la tarde, si todo iba según lo planeado. El día se presentaba absolutamente soleado, y no había nubes visibles a simple vista. Al comenzar el ascenso, todo se hizo relativamente fácil. No es una montaña de gran dificultad, y ambos escaladores tenían una importante experiencia, aunque no eran lo que se puede decir, grandes expertos. No obstante, estaban bien capacitados para la aventura. A las dos de la tarde, con un poco de retraso, alcanzaron la cumbre de 5680 metros, desde donde contemplaron la magnificencia del paisaje, en trescientos sesenta grados. Fue allí, en ese instante, ya cuando se disponían a
Los puentes vivientes de Meghalaya
La historia de Danielle se inicia una tarde en uno de los suburbios de Bombay. En aquellos tiempos, médica recién recibida en la Universidad de Paris, no tuvo mejor idea que alistarse como voluntaria para servicios comunitarios en países del tercer mundo. Lo que menos imaginó, es que terminaría realizando esa tarea en la India. Fueron dos años durísimos, mediando con todo tipo de enfermedades y miseria. El médico que presta este tipo de servicio, sabe a qué se enfrenta, y el caso de Danielle no era la excepción. Aquél día volvía de prestar servicio en el Bombay Hospital & Medical Research Centre, luego de más de diez horas de trabajo. Generalmente tomaba un taxi desde el centro hasta su casa, ubicada en las afueras de la ciudad. No fue en este caso la excepción. Algo cansada, no se percató que en un momento el taxista había tomado un camino distinto. No conocía mucho la ciudad, más que el recorrido entre el hospital y su departamento. Cuando se dio cuenta, comenzó a inquietarse, porque sin lugar a ningún tipo de dudas, ese no era el camino correcto. Intentó vanamente hacerle saber al conductor que no estaba yendo hacia donde ella le había indicado. Éste se hacía el desentendido, hasta que finalmente llegó a un edificio y directamente ingresó el automóvil en un garaje cubierto, tras lo cual, vio como las puertas del edificio se cerraban y dentro del auto, quedaban sumidos en la más profunda oscuridad. Habrán pasado dos o tres minutos, que parecieron una eternidad, hasta que las luces se encendieron. Allí, el taxista bajó del auto y directamente se retiró del lugar. Dos personas, de fisonomía oriental, un hombre y una mujer, acompañados de dos hombres que indudablemente eran indúes, se le acercaron y le dijeron que bajara del auto. Ella aterrorizada descendió y entonces la mujer se le acercó, la revisó y en un rudimentario inglés le dijo que no intentara nada, que a partir de ese momento ella iba a tener que hacer lo que ellos le dijeran. La condujeron hacia una habitación contigua y allí le dijeron que debía cambiarse de ropa. La obligaron luego a beber un vaso de algo que parecía jugo de naranja. Y eso fue lo último que recordó para ese entonces. El líquido contenía alguna sustancia que la sumió en una profunda somnolencia. Entre sueños Danielle, pudo recordar algunas cosas. Se vio sentada dentro de un auto y recorrer un trayecto largo, siempre acompañada de varias personas, entre las cuales solo pudo identificar a la mujer oriental. Cuando recordó la conciencia plenamente era de noche. Estaba en una habitación, recostada en una cama. Una luz de un velador era la única iluminación. En un extremo del cuarto, la misma mujer oriental estaba sentada en una silla mirándola fijamente sin despegar un solo instante la mirada. Al comprobar que Danielle ya no estaba bajo los efectos del narcótico, entonces habló. Le dijo que no iban a hacerle daño, que tenía que estar tranquila y que no tenía sentido que opusiera resistencia. Ellos eran un grupo de personas que tenían algunos temas pendientes con el gobierno francés, y que ella iba a ser utilizada como objeto de intercambio. Ya no volvería a Bombay y que estaban por emprender un largo viaje por ruta que los llevaría hasta el otro extremo de la India donde permanecería en cautiverio hasta tanto se pactara el mencionado intercambio. Al día siguiente, aún de madrugada, la despertaron y rápidamente partieron en un automóvil tomando una ruta con destino desconocido. Fue un viaje de todo el día, donde solo se detuvieron un par de veces para recargar combustible. Danielle sintió entonces hambre y le dieron un sándwich con una botella de agua. Esto se repitió cada vez que ella lo solicitaba. De la misma manera, cuando tenía necesidad de ir al baño, de inmediato se detenían y cumplían con su solicitud. Luego de dos días de viaje, llegaron a un lugar que parecía estar próximo al destino final. La geografía había cambiado. Se divisaban montañas y un verde exuberante inundaba el ambiente ya de por sí, caluroso y extremadamente húmedo. Arribaron a un pueblo, en apariencia no era una localidad importante. Allí uno de los hombres descendió del vehículo y luego de decir algunas cosas que Danielle nunca comprendió, ya que solo se manejaba con su francés e inglés, volvió a subir al auto y tomó una nueva ruta. Esta vez era un camino de tierra, el cual recorrieron por aproximadamente una hora, hasta llegar a un paraje en medio de una inexpugnable selva. Descendieron todos del vehículo y de inmediato abordaron una camioneta. Era un vehículo viejo, con un compartimento trasero todo cubierto con un toldo donde colocaron a Danielle, siempre acompañada por la mujer oriental. El resto de las personas podía cambiar, pero esta mujer no se separaba de ella. Indudablemente era la única interlocutora potable para entablar diálogo con la cautiva. Ahora el viaje se extendió durante todo el día. El movimiento de la camioneta era muy intenso, no había dudas que estaban atravesando un camino secundario, si es que había camino, ya que no podía ver absolutamente nada debido a la cobertura del vehículo, indudablemente, esa era la intención. Solo se veía el reflejo exterior, hasta que este no se pudo divisar más, con lo cual presumió que la noche había llegado. Varias veces durante el trayecto Danielle pidió a su dama de compañía detenerse, pero siempre obtuvo negativa. En determinado momento, ya habiendo perdido la noción del tiempo, la camioneta se detiene. La hacen bajar y entonces puede ver que está en un paraje junto a un río. No había allí edificaciones, así que pensó que no estaba en un poblado específico, sino que podía estar en medio de la nada. La subieron de inmediato a una embarcación y sin perder tiempo partieron por el río con algún otro destino incierto. El río era navegable pero indudablemente no era una corriente muy
El huerto
I Niño que de mi siembra naces, con tus brotes, apabullando mi huerto de fino almendro, mis manos horticultoras tejen tus dotes como el mas dulce engendro. – Niño que del riego creces, y de la azada, que no se entere la lluvia de tus cimientos, pues su llanto entregaría desenfrenada al campo polvoriento. – Niño que de la luna brillo y luz profanas, que bebes de la umbría sangre de sus venas, y buscas su perfume todas las mañanas entre las azucenas. – Niño que de mi cuerpo, eres fruto tierno, desparramando carmesí entre las rosas, o bebiéndote la escarcha de algún invierno, virtud maravillosa. – Naces de las hojas preciadas de mi planta, miel de mi colmena, alondra libadora, fertilizas la tierra, tierra que agiganta mi vida horticultora. – II Niño, crecerán tus heridas desde ahora con tus cortos pasos descubrirás espinas sabrás algo del sol, del trino y de la aurora y de las golondrinas. – Sabrás de todo algo y poco en su medida que el fuego de tu alma se concentra en el pecho sabrás hacer entonces algo de tu vida, mas nunca lo que has hecho. – Sabrás porqué el hombre, refugio misterioso, te da una palabra, su ayuda o su mirada, te entrega algo de si, su mano, su reposo y luego no da nada. – Tu libre debes ser, como primer medida, y dejar que otros sean lo que han elegido pues siempre hay una sola, si hablamos de la vida, el resto está perdido. – La libertad jamás debiera disputarse, defiéndela con dientes, con armas, con fuego, con todo lo que entonces pueda utilizarse, mas nunca con tus ruegos.
L’arc en ciel
Los dos soles de Clara Miller
Tinogasta, Catamarca
Historias del Huayramuyo Tinogasta Calingasta Tambillos Pinchas Vinchina Polvaredas Que solo me voy quedando, mi viejo tunal, oyendo cantar al río, para el carnaval. Me acompaña la esperanza, en la soledad cuando silba el huayramuyo Por el salitral. Mario Arnedo Gallo Antonio Rodriguez Villar Huayramuyo Proviene del término Huayra Muyoj, que en idioma quechua, significa viento, remolino. Las historias del Huayramuyo, un remolino de fantasía. En los inicios … … los dioses gobernaban ríos, lagos, valles, quebradas y los picos más altos de los Andes. Vinieron para establecer un orden y proteger la tierra, de los abusos y las agresiones del hombre. Pachamama, diosa aimara, madre de los cerros, y de los hombres, encargada de que los frutos maduren, y se multiplique el ganado. Yastay, guardián y protector ancestral calchaquí, dios tutelar de las aves, y animales andinos. El equilibrio establecido por estas divinidades originarias, hicieron del Cuyum, un verdadero remanso de paz. Chalu, como se hacía llamar un joven huarpe, pasaba largas horas practicando con el arco y las flechas. Había desarrollado tal destreza con el arma, y así derribaba cuánto animal se le cruzaba en el sendero, sólo para despertar la admiración de quienes lo veían, o simplemente por diversión. Una mañana, cuando se disponía a dispararle a un guanaco, vio absorto como la imagen del animal se desvaneció en el aire. En su lugar se cristalizó, la figura de un pequeño hombre irritado, que agitaba sus brazos en señal de advertencia. Era Yastay, el dios guardián y protector de la fauna, que corría en auxilio de sus criaturas. Con acento firme y cortante, le advirtió que no iba a permitir que prosiga con la cruel matanza de animales. Chalu asintió en silencio a todo lo ordenado por Yastay, manteniendo la cabeza gacha en señal de sumisión y respeto. Sin embargo, una mañana, Chalu, despertó envuelto en ira. Tomo sus flechas y comenzó a matar todo tipo de animales y crías. El castigo no se hizo esperar. De a poco el cielo comenzó a cubrirse con espesas nubes de polvo, que ocultaron la luz del sol, mientras un viento caliente azotaba sin tregua, la figura temerosa de Chalu. La voz de Yastay retumbó con fuerza en el valle, condenándolo a que vague sin tiempo, por todos los rincones de la Cordillera de Los Andes, convertido en lamento. Inútiles fueron las súplicas del joven, que desapareció repentinamente del lugar, envuelto en remolinos ardientes y polvorientos, empujados por abrazadoras rachas de viento seco … … había nacido el Zonda. Tinogasta Catamarca “El camino áspero, pedregoso e infestado de indios bravíos debió de ser el que, saliendo de Santiago, va a, Ibatín, en Tucumán, lugar donde estuvo situado el primer asiento del Barco, en 1550. Allí, al frente, está la Quebrada del Portugués, por donde se va a la Tambería del Inca, citada por Matienzo en su carta del 2 de enero de 1566. De Tafí sale a Amaicha, en el Valle de Yocavil, sobre el camino del Inca, que va a las Minas Ricas del Inca, a Gualasto. De Gualasto tuerce al oeste y, después de atravesar el Campo del Arenal o de Los Pozuelos, va al Valle de Cortando, donde Zurita pobló Londres en 1558, por el cauce del río de Los Nacimientos. De Londres, siguiendo por la cuesta llamada ahora de Zapata, se va a Tinogasta. Desde este punto, tomando al norte por el inmenso Valle de Fiambalá, se va al Paso de San Francisco, situado ya en la Cordillera de Almagro.” Cancionero popular de La Rioja, Juan Alfonso Carrizo, 1942 -¡Tomás! ¿Dónde estás? –gritó Matilde, entrando a la sala principal- ¿Dónde está el monje? -Tranquila amiga, ¿Qué sucede? Fui a prepararle un té. Estaba aquí en la sala, hace dos minutos. -Pues ya no está. Solo quedó su caballo. El libro tampoco está. –afirmó, intentando recobrar la calma- ¡Vení! –le dijo, mientras hacía señas para salir al exterior- Tenés que ver esto. No vas a poder creerlo. …. Cuando Tomás ingresó a la sala, el monje ya se había retirado, solo estaba Matilde. En vano recorrió cada uno de las habitaciones contiguas. Era tarde, no estaba ya en el observatorio. Lo curioso, es que afuera, si estaba su caballo. Solo faltaba él, y el libro. Pero bueno, esto sucedió en realidad unos tres meses antes, con lo cual, esta historia, en realidad, no tiene mucho sentido, si no conocemos a fondo los orígenes. Y digo que es una historia, porque a ciencia cierta, de haber sido así el desenlace, como luego veremos, no podríamos hoy estar leyendo estas líneas. No obstante, algo muy extraño pasó por entonces, en aquel sitio tan, pero tan remoto, y eso, no puede pasarse por alto. Vayamos entonces a los hechos. Fue hace unos cuantos años, quizás veinte, o treinta, no es importante. Tiempo antes, el gobierno provincial, había decidido instalar un observatorio astronómico, en un paraje ubicado en las estibaciones de la precordillera catamarqueña, muy cerca de la localidad de Tinogasta, y casi pegado a un paraje llamado Higuerita. Se llegaba al observatorio, desde este último sitio, solamente a caballo, tras unos cinco kilómetros de recorrido. Era sin lugar a dudas, un sitio privilegiado, donde los cielos nocturnos ofrecen un punto de observación de los más limpios del planeta. Tomás, astrónomo profesional, que para entonces tenía con unos cuarenta años, era el responsable del centro, que contaba con un telescopio reflector de 1,90 metros de diámetro. Junto a él, desempeñaban el trabajo, otros colaboradores, que trabajaban en turnos y días rotativos, lógicamente, por las noches. Todo comenzó una tarde, cuando estaba reunido el grupo de astrónomos en el centro, cosa bastante poco usual. Pero ese día era especial, porque la Luna, iba a ser especial. Debían registrar unas buenas tomas de la “Luna roja” que estaba prevista para las 23.35, hora en que comenzaba el suceso, y que llevaría prácticamente toda la noche. Ninguno quería perderse el espectáculo. Siendo las cinco y media de la tarde,
Puerto Constanza
Poesía, Del libro L’arc en Ciel, Ediciones del Taller, 2015 Tejeré un fino manto de arcillas sedosas, de matiz albazano cubriendo tus llantos, de biguá complaciente volando entre rosas, buscando tus encantos. – De algarrobo y de cañas curtidas al viento, y de alismas danzantes en una corriente, tejeré lo que pidas en éste momento, a tu cuerpo presente. – Puliré tus grilletes al sol corroídos, con un baño de néctar dulzura selecta, y con música suave daré a tus oídos, melodía perfecta. – De tu muelle astilloso adosado a la piedra, construiré un nuevo lecho vestido de blancos, robaré una azucena y el tallo a una hiedra, para tus pies estancos. – Y de aquél río grande, el Guazú, tan risueño, tomaré una barcaza al olvido aferrada, y con fino artilugio la veo en un sueño, a tu puerto amarrada. – Dulce enlace de ríos trocando corrientes, es la boca preciosa del gran Talavera, con su sangre alimenta un millón de vertientes, en cada primavera. – Escuchad que ya tengo bien presto ese manto, y si estás preparado, te ruego, te pido, avisadme así puedo, sin penas ni llanto, sumergirte al olvido.
Los dos soles de Clara Miller
Cuento. De libro Los dos soles de Clara Miller, Ediciones del Taller, 2014 Clara Miller imaginó un planeta, con dos soles. Era un planeta azul, puro, perfecto, lleno de cascadas, ríos color esmeralda y vertientes límpidas y sedosas al tacto. Con campos de trigo danzantes al compás del viento, que al atardecer ardían bajo una melodía que preludiaba el devenir de la noche. Con selvas exuberantes de fotosíntesis y ciudades apacibles, bañadas por mares excitados que complementaban un entorno de abstracta magnificencia. Ese era el planeta de día. El de la noche, era seco, azabache, desértico. Iluminado por ese sol lejano, binario y misterioso, que colgaba del último desvarío del firmamento, pero que estaba siempre presente, a cada momento hasta que el horizonte daba cuenta de él para dar paso a su compañero tan lejano e inalcanzable. Eran dos soles que se abrazaban a su mente. Que configuraban un planeta bien a su medida, como escape obligado de un mundo que no podía controlar, o que al menos se negaba a entregarse. La vida cotidiana le planteaba diversos dilemas, y ella encontraba siempre la solución, mimetizando cada evento dentro del mundo más conveniente. Esa era su vía de escape. Una noche de luna, Clara Miller paseaba por los campos danzantes, aquellos lindantes con su pueblo, en una zona intermedia entre el campo y la ciudad. Allá, en lo alto, estaba el sol, el de medianoche, no más intenso que un cuarto de luna, tal vez a mil quinientos millones de kilómetros, luchando denodadamente por librarse de su carga binaria, imposible para los preceptos de las leyes físicas, que inexorablemente escapaban a sus desbordados pensamientos. No sabía bien como había llegado hasta allí. Sin dudas, meditando se alejó un poco del pueblo, pero poco, solo unos cientos de metros. Fue entonces que vio a lo lejos algo que se movía por el camino. Indudablemente parecía un carruaje, tirado por un caballo. Blanco. Si, el caballo blanco, se veía muy bien porque las luces del firmamento denotaban su presencia. El carro se fue acercando hasta que pasó junto a ella, mientras dejaba atrás el inconfundible halo de humo carburado. Estaba guiado por un señor que llevaba un sombrero y que de inmediato hizo un gesto de atención al pasar a su lado. Ella lo miró, aunque por la oscuridad no le fue posible apreciar toda su fisonomía, de todas maneras, no pudo despegar sus ojos de él, ni siquiera atinó a responder el saludo. Lo vio pasar, giró su cuerpo para seguirlo y luego retornó su camino, que sin lugar a dudas la internaban aún más en su mundo particular de dos soles. Pero algo sucedió en ese instante. Apenas unos segundos después. Sobre el campo casi desértico, a ambos costados empezaron a emerger, casi repentinamente, nuevos brotes. Era la primera vez que los veía, y parecían, y con esas bayas rojas. ¿Eran frutos? Clara se agachó y arrancó uno. Lo llevó a su boca y un suave dulzor hizo que de pronto el cielo se viera más cielo y aquél sol impertinente se animara a ser el protagonista de un firmamento que hasta allí no había permitido ningún tipo de destaque. Fue así que se tomó el atrevimiento de sonreír. Entendió el sentido de todo aquello y solo atinó a juntar más frutos y saborearlos delicadamente antes de dar la vuelta y emprender el regreso a su casa. Todas las mañanas Clara se levantaba muy temprano. Corría la ventana de su dormitorio para dejar entrar la luz del otro sol. Luego, tomaba su taza de té y se preparaba para salir hacia su trabajo, en el centro del pueblo. El negocio de Clara era algo muy particular. Ella vendía deseos. Tenía una casa de madera toda vidriada, con distintos estantes conteniendo cajas las cuales estaban llenas de sobres. Sobres de distintos colores, para todos los gustos. Los sobres contenían deseos. Cualquiera podía a entrar al negocio de Clara y comprar un deseo. Ella le entregaba el sobre que la persona eligiese. El pago no era en moneda, el pago era muy sutil. Para pagar, ella le entregaba a la persona que acababa de comprar su deseo, dos sobres, de distinto color. La persona debía colocar en ellos dos nuevos deseos, con lo cual, como podrán imaginarse, Clara era millonaria. Cambiaba siempre un deseo por dos. Lo maravilloso de todo esto era que aquél deseo que acababan de comprar, se le cumplía a la persona que lo había depositado. Aquél día, un joven entró a su negocio. Primero había pasado frente a él, pero de inmediato se detuvo, dio un paso atrás y miró hacia dentro. Al ver que Clara estaba allí, no lo dudó y de inmediato ingresó. Así fue que le preguntó: -¿Puedo comprar un deseo? Veo que tiene usted de todos los colores. -Por supuesto, puede elegir cualquiera de las cajas y agarrar el que más guste. -¿Los colores tienen alguna relación con el tipo de deseo? -No, pero existe una inclinación hacia determinados colores según el carácter de cada deseo. -Por lo que veo –agregó el joven- mi deseo no se va a cumplir hasta el día que alguien extraiga mi sobre. -Así es, pero usted debe pensar que está haciendo algo mucho mejor que eso, le cumple el deseo a otra persona, a alguien que usted no conoce. No puedo imaginarme algo más hermoso que eso. -Tiene usted toda la razón. Por favor, deme dos sobres vacíos, uno amarillo y el otro rojo, y me voy a llevar este sobre –dijo mientras extraía un sobre blanco de una de las cajas. De inmediato, tomó dos papeles y escribió dos deseos, que colocó en cajas separadas. Cuando se disponía a irse con su sobre blanco le preguntó: -¿Puedo leerlo en voz alta delante suyo? -Puede hacer lo que desea con él. Ahora le pertenece. Lo importante es que lo abra y lea, que no lo archive, porque sino, nunca se le cumplirá a la persona que lo